Llegó por un año y ya han pasado cuarenta. Cuando le propusieron trasladarse a Gijón ni siquiera sabía ponerlo en el mapa. Hoy, podría recorrer con los ojos cerrados el Muro, recuerda los nombres de todos sus alumnos, incluso la tortilla que hacía la madre de Fernando y los pasteles que, «como si fueran un tesoro», traía desde La Felguera, cada jueves, la de Manolín. Gerardo Alonso, más conocido entre los suyos como Gerardo el maestro o Gerardo el del Marítimo, se despide en junio como director académico del centro de los Hermanos de San Juan de Dios tras cuatro décadas de dedicación exclusiva.
Anticipándose a los festejos oficiales que acompañarán a la jubilación real, los antiguos alumnos del maestro, todos con un pasado de dolencias motoras, decidieron, hace dos meses, darle una sorpresa y montar un homenaje familiar, que se desarrolló ayer en las que fueran sus aulas, presidido por el consejero de Educación y Ciencia, José Luis Iglesias Riopedre, y el director del Sanatorio Marítimo, Clemente Gómez.
Los niños que hace cuarenta años recibían desde la cama las explicaciones de Alonso, consiguieron ayer, ya adultos, emocionar a su maestro, con una selección de imágenes de la época, así como con un agradecimiento «a todo lo que has hecho por nosotros», dijo en nombre de todos uno de los ex alumnos organizadores, Manuel González.
¿Y qué hizo el homenajeado? Pues poner en marcha, en 1970, la primera aula hospitalaria de España, reconocida oficialmente por el Ministerio de Educación. Se trataba de la denominada 'la sala', una gran habitación de la primera planta del Sanatorio Marítimo en el que estaban encamados más de 40 chavales de todas las edades, con discapacidades físicas producidas por la espina bífida o la polio.
Todo el día en la cama
El propio Alonso recordó ayer cómo «desde la cama hacían toda la vida: daban clase, comían, jugaban y recibían a sus familiares, en las tardes de los jueves. Cuando hacía buen tiempo, aprovechábamos la magnífica terraza del Marítimo para llevar allí las camas y dar clases al aire libre».
Pero las clases, donde inventaron el 'mapa eléctrico' (una maqueta artesanal de la península ibérica en la se encendía una luz si se señalaba correctamente la provincia deseada), no fueron lo único pionero que desarrollaron Alonso y sus muchachos. También «fuimos los primeros en acudir a un programa de televisión, el 'Club Mediodía', que presentaba Joaquín Prat, y grabar un disco, 'Enseñar a volar'. Curiosamente, fue el primero grabado en púa de toda Asturias», explicó el maestro.
Porque, el objetivo final del centro educativo del Sanatorio Marítimo era, y es, «la integración de los alumnos con discapacidad, tanto física como psíquica», pretensión en la que los Hermanos de San Juan de Dios fueron los primeros.
Así lo reconoció el propio Riopedre, quien, no obstante, se lamentó de que «no tengamos los medios para que todo el mundo pueda estar integrado, ya que no todos lo que lo necesitan pueden acceder a un centro normalizado». En su loa al trabajo realizado por Alonso durante estos cuatro años, Iglesias Riopedre aseguró sentir «una admiración profunda por los que, como tú, trabajáis con los discapacitados», para, a renglón seguido, espetar a la concurrencia, entre la que había numerosas personas con discapacidad, «a mí me deprime. Yo no podría hacerlo», remedó.
Afortunadamente, el todavía director académico del Sanatorio Marítimo sí pudo, como su mujer, Loli, logopeda del centro, y, como premio a esa labor realizada durante cuarenta años recibió ayer, parafraseando a Unamuno, «el mejor regalo que puede recibir un maestro: la gratitud de sus alumnos». A ellos, el homenajeado sólo pudo decirles que «Gerardo, el del Marítimo, siempre estará a vuestro lado».
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