Hubo un tiempo, hace no mucho, en el que resultaba normal no tirar las medias con carrera. Los pantys se guardaban para llevarlos a que alguien cogiera los puntos sueltos y poder utilizarlos de nuevo hasta que el desgaste forzara su jubilación. Ahora se puede comprar un par de medias por sólo un euro. No compensa arreglarlas y el de cogedora de puntos es un oficio en extinción.
Lo mismo ocurre con otros trabajos que unos años atrás eran cotidianos. Entonces, la llamada del afilador sonaba por las calles y los vecinos bajaban sus cuchillos y tijeras para pasarlos por la rueda de afilar, y todavía podían verse barquilleros en los parques, donde los niños hacían girar la ruleta para conseguir una oblea gratis. Algunos de estos trabajos ya no existen y otros están a punto de desaparecer, porque ya nadie está dispuesto a aprenderlos.
Lilia, José Luis, Arsenio y Estefanía Ester son una cogedora de puntos, un zapatero remendón, un tallador de cristal y una modista. Tienen en común que empezaron en sus oficios muy jóvenes y también que ahora son de los pocos que todavía pueden contar cómo se cose una carrera, se pule el cristal, se cose un zapato o se crea un traje de novia con tres sesiones de prueba.
LILIA CUERVO
Cogedora de puntos de medias
«Se va a perder, ya no hay ni repuestos»
Lilia Cuervo nació en Perlora. En casa eran muchas mujeres: ella, su madre, su hermana y dos tías, hermanas de su padre. Por eso, con 16 años, Lilia empezó a coger puntos a las medias. «Lo hacía para nosotras, luego para las vecinas y después para una mercería de aquí, del barrio», explica esta mujer, que vive en El Llano desde hace 40 años. Su trabajo es minucioso. Lo aprendió gracias a un matrimonio que vivía en la plazuela de San Miguel. Él era representante de una marca valenciana de agujas y máquinas para coger puntos y surtió a Lilia de material de trabajo hasta que se jubiló.
«Este trabajo se va a perder. Ya no hay ni repuestos. A mí me quedan dos agujas buenas y las cuido mucho, porque cuando se rompan, lo tendré que dejar», reflexiona Lilia. Cada sábado, se acerca hasta la calle de Tomás Zarracina. Allí está la tienda de lencería Clarita, para la que lleva trabajando 22 años. «Cuando empecé éramos muchas, no sé cuántas pero muchas, y siempre tenían bolsas de basura llenas de medias para nosotras», recuerda. «Ahora sólo quedo yo», añade mientras piensa por qué su oficio no tiene futuro.
Una de las causas es el precio de las medias, que ha bajado y permite comprar unas nuevas sin gastar mucho cuando se rompen. Otro motivo, apunta Lilia, es que «la gente usa más pantalón y medias gordas, que se rompen menos». Y otro, según ella el fundamental, es que «la gente joven no quiere perder tiempo en eso, porque les parece que lleva muchas horas para ganar poco». Lilia, sin embargo, se entretiene concentrada en los finos hilos con su aguja. «Lo hago a cualquier hora, pongo la radio y pásenme las horas, no me aburre», dice. Su vista está un poco cansada de tanto fijarla en carreras diminutas, pero Lilia insiste: «A mí me gusta coger los puntos».
JOSÉ LUIS SILVA
Zapatero remendón
«Nadie quiere aprender a hacerlo»
De Filgueira (Pontevedra) a Alemania para acabar en Gijón, la vida de José Luis Silva ha cambiado de escenario en varias ocasiones. Salió de su pueblo en busca de trabajo y ejerce un oficio que aprendió de niño. «Empecé de chaval, a la vez que iba a la escuela, porque allí había un vecino que hacía los zapatos y me enseñó a coser», explica.
Cree que «un trabajo como este lo podría haber hecho en cualquier lugar, aquí o en Vigo», pero lleva ya 20 años en la calle Panadés, haciendo gala de su oficio de zapatero remendón frente a las cadenas de reparación rápida del calzado. «Ahora hay muchas de esas en los centros comerciales, pero ellos ponen tapas y ya. No saben coser un zapato, ni desarmarlos para ponerles piezas de cuero, ni rellenar un tacón», comenta José Luis. A veces hay colas ante su taller. Los zapatos necesitan cada vez más reparaciones. «Ahora los hacen muy mal, los pegan o los grapan y se rompen muy fácil. Yo lo hago todo a mano, con paciencia y tiempo».
Porque hasta los pares de 300 euros tienen a veces averías. «En los zapatos caros se nota que son mejores, se ve en la piel, en el forro, en la suela... Pero también hay que ponerles tapas a los tacones cuando se gastan», indica José Luis con un acento gallego que los años no han conseguido borrar.
Reconoce que cuando llegó a Gijón le costó «coger clientela» y hubo cuatro años malos. El trabajo no le falta hoy en día, tiene sus fieles. ¿Qué pasará con ellos cuando el zapatero se jubile? «Supongo que buscarán otro, se irán a uno de esos rápidos», augura José Luis. Debería retirarse dentro de dos años, pero no sabe qué hacer, porque «la jubilación de autónomos es una basura». Además, dejaría la ciudad sin un zapatero de los que cosen y arreglan. «Yo les he dicho a muchos chavales que les enseño, que con un oficio se gana más que estudiando muchas veces, pero nadie quiere aprender a hacerlo. Prefieren el ordenador, pero eso no sirve para todo, no puede arreglar zapatos».
ARSENIO GONZÁLEZ
Tallador de cristal
«Gijón fue el emporio de los talladores»
Maga, La Bohemia, La Industrial, Viñes, Belío... Arsenio González recuerda los nombres de las empresas que convirtieron Gijón en «el emporio de los talladores de cristal» y lamenta que del oficio apenas quede rastro. «Con taller ya sólo está Alvarín, esperando que le llegue la jubilación», dice mientras observa una jarra tallada por sus manos de dedos fuertes hace dos años, cuando aún conservaba un torno que se vio obligado a abandonar al mudarse de una quintana a un piso, «por falta de espacio».
Empezó en la profesión casi cuando era un niño, con 14 años. «Había muy poco trabajo y casi todos los que empezábamos hacíamos de recaderos. Empecé así, con un zapatero, y luego me enteré de que necesitaban un aprendiz en la tallería y me fui allí como podría haberme ido con un carpintero», relata. Entró en Viñes y Belio, empresa en la que trabajó cerca de 20 años, hasta que en 1963 los propietarios de Maga -donde permaneció 30 años, hasta su jubilación- le ofrecieron un puesto de maestro.
Antes de llegar a maestro, Arsenio asegura que aprendió con «los mejores, Eduardo Meana e Higinio Prieto». Su modestia habla por él al afirmar: «Nunca llegué a la altura de ellos». Pero enseñó el oficio a muchos jóvenes en un tiempo en que las tallerías todavía eran comunes y había que pulir y pasar masa de pómez mojada sobre el cristal. «Tampoco creo que haya hecho muchas obras de arte...», explica, aunque apunta que el artista plástico Juan Méjica, decorador de la bóveda de la Laboral, le encargó dar forma a uno de sus diseños: «Me pidió un juego de vasos que no eren talles normales, era como pasar el cubismo a la talla».
Nacido en Pumarín, Arsenio recuerda con cariño sus 50 años de tallador de cristal, las amistades hechas y afirma con pena que el esplendor pasado de Gijón como ciudad de talladores «no va a resurgir, porque tendrían que pagar precios acordes al trabajo y la gente prefiere no gastarse ese dinero, mira por la peseta». Al dejar de tallar no encontró a nadie que quisiera llevarse ese torno que tuvo que abandonar a su suerte en la quintana. «No hay aprendices porque no hay futuro, qué le vamos a hacer», sentencia Arsenio, que ahora está volcado en el teatro, su otra afición de toda la vida.
ESTEFANÍA ESTER PÉREZ
Modista
«No uso patrón, lo moldeo al cuerpo»
Estefanía Ester Pérez aprendió a coser con Olvido, «una modista que cosió con Pertegaz en París y se instaló en León». Tenía 17 años y sus primeras puntadas fueron «para sobrehilar, pasar el hilo». Se casó con un logroñés y cambió su León natal por Gijón, donde trabaja como modista desde hace 37 años. «El uso hace maestros», afirma Estefanía en su casa-taller, donde el salón sirve de probador y el pasillo está forrado de espejos para que las clientas puedan verse desde todos los ángulos.
«Hubo una época en que bajamos mucho las modistas. Desaparecieron muchas por el prêt-a-porter, y la moda rápida de tiendas como Zara, nos hizo mucho daño. Pero siempre hay gente a la que le gusta ir diferente, que no quiere encontrarse a tres personas vestidas igual que ella cuando va a una boda». Esas mujeres son las que acuden a ella. «A mí me gusta más el arte que la moda, soy una modista de pruebas y no uso patrón, lo moldeo al cuerpo», explica Estefanía.
Dice que el suyo es «un negocio familiar», en el que le ayuda su hermana. Y sus clientas también acaban siendo como de la familia. «Les gusta probarse, hablar contigo. Para ellas es como una terapia, hablan de su vida a su manera, de sus problemas. Están relajadas y saben que nada va a salir de aquí, que además de hacerles el traje, les doy conversación», cuenta la modista.
Sus manos han cosido volantes rocieros y vestidos de novia, trajes de chaqueta y pantalones vaqueros. «Yo soy muy moderna, me informo, miro las revistas... Pero me quedo con el estilo de Pertegaz, aunque también me gusta la alegría de Victorio & Lucchino», indica aguja en mano. Para ella, «lo importante es coser bien. Algunos tienen nombre y lo hacen normal, pero cuando uno lo hace bien, se nota».