LA campaña electoral se ha convertido en una barahúnda de tal naturaleza que permite albergar razonables dudas sobre su eficacia, siquiera como estimulante del voto y antídoto contra el síndrome abstencionista, no ya como vehículo para captar adhesiones. Completan el cuadro las encuestas publicadas, que se ajustan globalmente a las conclusiones obtenidas en los cenáculos de iniciados y cargan con el lastre de los errores generalizados en los pronósticos del 14-M.
Visto el estado de la cuestión, el suprascrito, que tiene claro lo que no va a votar dentro de seis días, decidió el sábado pasado arrostrar la inclemencia del tiempo y acudir a Buenavista, a evaluar la evolución artística del nieto de Antonio Ordóñez. Después de contemplar en directo, desde mayo de 2005, seis actuaciones sucesivas del ex sienru de Romerito, no parece descabellado afirmar que progresa adecuadamente.
Cuando acabó el festejo empezó el diluvio, acompañado de un chaparrón de almohadillas sobre el ruedo iniciado por cuatro o cuarenta pijetos -o pijetas- ignorantes, que evidencian así su necesidad apremiante de engrosar el alumnado adulto de las futuras clases de Educación para la Ciudadanía. El molesto desahogo de los grifos del cielo sirvió, sin embargo, para que el lento recorrido urbano hasta la incorporación a la autopista permitiera contemplar abundantes cartelones de propaganda electoral en los que aparecen en curiosa contigüidad únicamente Tini y Gabino, el duelo imposible por prudente decisión, como casi todas las suyas, del regidor capitalino. Una pena.