Viven al otro lado del espejo en el que cada día se refleja la playa de San Lorenzo. Desde dentro, el cristal azul del plan del Muro no parece tan oscuro. Ocurre como con unas gafas de sol; el vidrio no tiñe el paisaje y aunque esté nublado, todo se ve con claridad. El edificio San Lorenzo, situado en el número 46 de Ezcurdia, fue el primer bloque de viviendas en estrenar la nueva y pulida piel que paulatinamente irá cubriendo las fachadas del Muro. Sus habitantes despiertan todos los días frente al mar, en un piso con cristaleras del techo al suelo. «Es como tener un cuadro que ocupa toda pared, pero un cuadro cambiante, que en ningún momento del día es igual», explica una de las propietarias.
Si hace sol, las habitaciones se llenan de luz, pero a José Luis, otro vecino, le gusta más sentarse en el sillón frente a la playa cuando la mar está brava. «La semana pasada hubo un día en el que las olas subían por encima del tejado del Club de Regatas, era impresionante. En verano y con sol esto es bonito, pero cuando la mar está revuelta, es mejor», explicaba ayer, mientras las pequeñas gotas de lluvia resbalaban por los cristales azules de su ventana abierta.
Rosa, su mujer, reconoce que «es una sensación estupenda» y afirma que vivir ahí era la aspiración de su vida. «Cuando hace sol es impresionante, porque vemos entrar y salir los barcos», apunta. Cada día, al levantarse a las siete y media de la mañana para ir al trabajo, José Luis observa cómo los surfistas han madrugado aún más que él para coger unas olas. «Lo mejor es después de comer, cuando te tumbas en el sofá, puedes pasarte ahí horas mirando», indica su esposa.
Porque en esta casa, además de luz, entra sol. «Eso no pasa en el resto de los edificios del Muro, pero este está un poco retirado y da el sol por las mañanas y también por las tardes, cuando se pone por San Pedro», apunta una vecina. Pese a ese marco privilegiado, ella afirma que le ha cogido un poco de manía a la casa, porque hubo problemas con el proyecto.
Apartamentos libres
Quienes habitan en este edificio de nueva construcción, entregado a finales del verano pasado, prefieren pasar inadvertidos. Por eso, esta vecina no quiere decir su nombre, pero explica que «tardaron seis años en entregarlo y la compra fue una negociación farragosa». Se debió a que el proyecto original del bloque, que tiene siete alturas y tres sótanos de garaje, no contemplaba el acristalamiento de la fachada, que iba a ser convencional. «Fue una imposición del Ayuntamiento. Yo lo había comprado de otro modo, y la vista habría sido igual de agradable con una fachada normal. Esto puede ser más luminoso, pero hay que vivir todos los días. Y da problemas», sostiene. Esas pegas las resume quien las sufre: «Desde dentro no se puede llegar a toda la fachada y la lluvia y el salitre hacen que se ensucie. Entonces, viene una empresa cada cuatro meses a hacerlo».
La moda manda, asegura la vecina, que viaje tras viaje constata que el acristalamiento marca tendencia no sólo en Gijón. En su salón hay estores, no cortinas, «porque no hacen falta, desde fuera no se ve, sólo por la noche cuando enciendes todas las luces». En el edificio -en su día el más caro de Gijón, dado que el metro cuadrado con vistas al mar costaba 6.000 euros- todavía tiene algunos pisos en venta.
Manuel Ángel Menéndez, responsable de la venta en la inmobiliaria que gerencia en la calle de Anselmo Cifuentes, revela que sólo quedan «cuatro apartamentos de una y dos habitaciones interiores, que dan a un gran patio de luces», con orientación Sur. Menéndez lo define como el edificio «pionero y emblemático del Muro».