Líbano registró ayer las luchas internas más sangrientas desde la guerra civil con el enfrentamiento en dos escenarios -las calles de Trípoli y el vecino campo de refugiados palestino de Nahr al-Bared- de su Ejército con extremistas del grupo Fatah al-Islam, vinculado con la red terrorista Al-Qaida y Siria, que dejaron entre veinte soldados muertos, además de diecinueve milicianos y seis civiles, dos de ellos niños, y sesenta heridos.
El Gobierno identificó entre los cuerpos de los guerrilleros a «varios extranjeros», al parecer de Yemen y Bangladesh. La cadena libanesa LBC emitió a lo largo de todo el día imágenes en directo de carros de combate patrullando, cadáveres calcinados y tiroteos encarnizados que se agravaron de tal modo que Damasco anunció a través de su agencia oficial de noticias el cierre temporal de dos de sus puntos fronterizos con el norte del territorio libanés.
El Gobierno sirio, que ha negado siempre su vinculación con el grupo terrorista, manifestó que la clausura de los pasos de Al-Arida y Al-Dabuseiya se debió «a las circunstancias de seguridad en el norte de Líbano y para preservar la seguridad de los ciudadanos de ese país y la de los sirios».
La reacción del Gobierno no se hizo esperar, y el ministro Ahmad Fatfat volvió a sugerir que detrás del estallido de violencia está de nuevo la alargada mano de Siria y que los disturbios llegaban a tiempo para intentar descarrillar el proceso de la ONU para crear un tribunal internacional llamado a juzgar el crimen del ex primer ministro Rafic Hariri, asesinado en Beirut en 2005. «No son sino terroristas, y quienes los mandan son una parte bien conocida», dijo el jefe del bloque parlamentario Movimiento Futuro, Saad Hariri, incidiendo en la misma acusación.
Asalto
Por su parte, el jefe del Ejecutivo, Fuad Siniora, calificó de «crimen malintencionado» los ataques del grupo Fatah al-Islam contra el ejército libanés y consideró que son «un grave intento de dañar la estabilidad» del país. De acuerdo con las informaciones facilitadas por el canal Al-Yasira, los primeros choques arrancaron cuando las Fuerzas Armadas libanesas irrumpieron en un edificio, llamado Abdo, situado en el barrio de Al Tel, al sur de Trípoli, en busca de un grupo de sospechosos acusados de haber robado un banco el sábado.
Otras versiones apuntan a que los soldados penetraron en la torre dispuestos a desalojar a una célula de Fatah al-Islam, en el punto de mira del Gobierno desde que el pasado febrero cuatro de sus miembros de nacionalidad siria, y vecinos de Nahr al-Bared, fueron detenidos como supuestos autores de los atentados contra dos autobuses en un barrio cristiano de Beirut que dejaron al menos tres víctimas mortales.
La incursión del Ejército en el edificio fue contestada de inmediato con un estallido de violencia en las calles aledañas y el centro de la ciudad y con un ataque de los milicianos a un puesto militar libanés a la entrada del campamento de Nahr al-Bared -donde viven 30.000 personas y Fatah al-Islam mantiene un alto número de seguidores-, que derivaron en un combate total.
El campo de refugiados, donde las Fuerzas Armadas libanesas tienen prohibida la entrada por un acuerdo adoptado hace algunos años, permaneció cerrado durante horas incluso para las ambulancias de la Cruz Roja en un continuo retumbar de disparos de tanque, morteros y metralletas. Mientras, en el edificio las tropas y los milicianos atrincherados protagonizaron una batalla que concluyó con el asalto de los militares a los pisos ocupados.
Las imágenes emitidas por televisión mostraron después al menos cinco cadáveres carbonizados que todavía tenían las armas en las manos.