Lunes, 21 de mayo de 2007
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TELEVISIÓN

CRÍTICA DE TV
Egregios
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LA otra noche, en 'Sábado dolce vita', que sigue siendo como 'Salsa rosa', comparecía un hombre de gran prestigio y repercusión: Antonio David Flores, aquel muchacho que se hizo célebre por casarse con la hija de Rocío Jurado, abandonar la Guardia Civil separarse también de la susodicha hija y, después, entrar en esa nómina de ruidosos maledicentes que constituye hoy la elite de la comunicación en España. ¿Qué hacía en ese programa de Telecinco? Hombre, qué pregunta: lo de siempre, ¿qué otra cosa va a hacer? Durante un rato vi que se peleaba con alguien del mismo corral, sabiamente estimulado por Santiago Acosta. No esperé al desenlace, consciente de que la sangre no llegaría al río y, por otra parte, profundamente asqueado por esa enfermedad infinita de nuestra televisión que consiste en elevar la estupidez a la categoría de noticia. ¿Noticia? En África o en la India hay miles de misioneros que se juegan la vida y la entregan para que otros vivan mejor: alfabetizan niños, atienden a enfermos... De esos, rarísima vez vemos nada en televisión; vemos a Antonio David Flores.

En el mundo, en Europa, incluso en España hay centenares de personas que han dedicado su existencia al estudio, al saber, a recopilar y aprender parte de lo que la humanidad ha sido capaz de conquistar con el conocimiento. A esos casi nunca los vemos en televisión; vemos a Antonio David Flores. No lejos de nuestros canales vive gente que pinta, esculpe, hace música, crea arte, busca la belleza -o lo sublime-, vive y enseña a vivir el mundo como un misterio de inagotables dimensiones. De esos sólo nos da la noticia la televisión cuando alguno hace cualquier barbaridad; la mayoría, es como si no existieran. Pero ahí tenemos a Antonio David Flores. Todos los días hay algún científico que, en cualquier rincón del planeta, descubre algo que de un modo u otro va a cambiar nuestras vidas, pero de eso, en la tele, ni mu; vemos a Antonio David Flores. A él y a ese par de docenas que son como él, engendros televisivos dispensados a modo de opio del pueblo. Y los vemos por la mañana, por la tarde y por la noche, todos los días, a todas horas, en todas las cadenas, convertidos en auténticos ejes temáticos del medio de comunicación más poderoso de todos los tiempos, medio cuyos contenidos se han convertido en sirvientes del único objetivo legítimo, a saber, el entretenimiento del personal con los instrumentos más burdos que quepa imaginar. ¿Exagero? Quizá. ¿Pero a que usted sabe perfectamente quién es Antonio David Flores? Y ahora dígame: ¿Quién ha sido el último premio Nobel de Medicina?

 
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