Martes, 22 de mayo de 2007
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GIJÓN

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Una casa bajo las ramas
El sin techo José Pérez Taboada vive desde hace tres años en un solar de Pumarín. Las obras de un nuevo edificio le abocan al 'desahucio'
Una casa bajo las ramas
CAMA. José Pérez Taboada, sentado junto a su cama, que protege de la lluvia con paraguas, ramas y plásticos. / JOSÉ SIMAL
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Hace dos meses, José Pérez Taboada vio rota su rutina. Por la noche, la Policía y una excavadora irrumpieron en el solar donde este sin techo nacido hace en Lugo hace 56 años lleva viviendo desde hace tres: una finca sin edificar situada en plena avenida de la Constitución, junto a la gasolinera de Foro, en Pumarín. Contorno, la constructora propietaria de los terrenos, había mandado limpiar el lugar. Un responsable de la empresa asegura que «fue por orden del Ayuntamiento, porque los vecinos protestaron por los malos olores y la basura». Las autoridades le dijeron a José que debía abandonar su chabola, ahora oculta entre el follaje, pero él se quedó.

«Yo sólo intento sobrevivir, no hago mal a nadie. Que se vayan a buscar a los mangantes y me dejen tranquilo», dice el hombre con tono pausado, mientras fuma un pitillo sin filtro en su 'casa' bajo las ramas. Los propietarios del solar aseguran que pronto van a vallarlo, aunque todavía no existen ni proyecto de edificación ni fecha de inicio para las obras. ¿Qué hará si le vienen a echar de nuevo? «Volver», afirma rotundo José. «Si no puedo estar aquí, me iré a la otra esquina, vendré con un plástico a dormir. No sé por qué me van a querer meter mano a mí, que no robo a nadie, que no molesto».

En la gasolinera admiten que sus palabras son ciertas. «Casi nunca sale y no se mete con nadie», asegura un empleado. Entre los vecinos hay opiniones dispares. Una propietaria de la avenida de la Constitución dice que «está sucio, acumula mucha basura y se va a lavar al parque», y el dueño de un negocio cercano defiende que «no molesta a nadie, sólo revuelve a veces en los contenedores, pero es muy tranquilo».

De cerca, José Pérez Taboada resulta un hombre amable, educado -trata a su interlocutor de usted- y directo, muy distinto del tópico del sin hogar, sucio y descuidado. Cuenta su historia sin remilgos, aunque ha tenido una vida que serviría de guión de telenovela. Todo empezó en Lugo, en la casa de una madre soltera: «Ella murió cuando era pequeñito. A mí me llevó el cura al colegio y con 10 años hacía los recados para la farmacia. Un día apareció un señor que dijo que era mi padre y me llevó a Barcelona».

Sentado en su improvisada 'casa' escondida entre el follaje, a la que se accede por un túnel de ramas y zarzas, José prosigue su relato. «Vivía con ese señor que decía que era mi padre, su mujer y tres hermanastros, pero cuado tenía 15 años él me dio dos tortas. Fue la única vez que me pegó, pero dije que era la última y me fui a Palma de Mallorca a buscarme la vida». No mantiene el contacto con su familia, porque «allí no había cariño». Su vida le ha llevado por otros derroteros: «Hice la mili en la Legión y me coincidió con la Marcha Verde». Después, se dedicó a la hostelería. Asegura que hasta los 40 años, cuando se rompió el tobillo, trabajó de camarero en Cataluña, Baleares y Canarias.

Volver a Canarias

Mezclados con la vegetación que protege el cobijo de José aparecen todo tipo de objetos: una montura de Ray-Ban sin patillas, envoltorios, bolsas de basura, una rueda de bicicleta... No siempre vivió de este modo. Las Palmas de Gran Canaria fue su último domicilio, al que le gustaría regresar cuanto antes. «Necesito 120 euros para pagar el billete y volver. En cuanto los tenga, me voy, porque allí me pueden dar la paga social y puedo trabajar dos días a la semana en un restaurante, allí es más fácil».

¿Por qué no cobra la ayuda en Asturias? «Porque estoy apuntado en Las Palmas y para que me la den aquí tengo que apuntarme y esperar un año... Mucho tiempo». Guiado por este argumento ha viajado en los últimos cinco años de Barcelona a León y de allí a Gijón. «Sólo quiero volver, nunca pensé que costara tanto. Busco cosas para llevar al rastro, pero no saco más de 40 euros, para comprar algo para ir tirando. Leche y coca-cola».

Para ducharse va al albergue y pasa allí una o dos noches, aunque no le gusta demasiado, porque «los borrachos roncan mucho y no dejan dormir». Su estómago se llena cada día gracias a la Cocina Económica y su aspecto no es descuidado: manos arregladas, gorra en la cabeza y ropa limpia. «Me cuido, lavo mi ropa y no hago mal a nadie».

Mientras los demás hablan de él o pasan ante su cobijo hecho con ramas sin sospechar que alguien puede «sobrevivir» allí, José habla del difícil futuro: «Sé inglés, pero con 60 años ya no te contrata nadie, prefieren coger a un chaval que agache la cabeza y diga que sí a todo; yo pido respeto».

 
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