«Por culpa de diez, de veinte o de treinta individuos, un campo entero de refugiados es masacrado». La voz de Aisha Laila, 40 años y vecina rehén del Nahr Al Bared hundido durante tres días bajo las bombas sonaba desesperada por teléfono pidiendo leche, agua o pan para sus hijos. Los servicios de ayuda humanitaria de la ONU y de la Cruz Roja tampoco pudieron ayer atravesar la línea roja de fuego después de que otra tregua, y van tres en otros tantos días, naufragara en medio de una nueva cascada de explosiones que reventaron la vaga ilusión de calma.
El alto el fuego, apenas de cuarenta minutos a mediodía, fue aprovechado por varios habitantes del reducto para empaquetar cualquier cosa en sus coches y salir a toda prisa sacudiendo banderas blancas de paz desde las ventanillas. Mirando de reojo sus casas quebradas de agujeros, gentes tendidas en charcos de sangre en las calles y a los pistoleros de Fatá Al Islam blandiendo rifles de asalto entre los escombros.
«¿Qué hace el Ejército? ¿Se creen que combaten a los israelíes?» se preguntaba desorientado y roto Mahmoud Tayyar, en una demostración de que, si Fatá Al Islam se cuenta como un grupúsculo con escaso apoyo entre la población de Nahr Al Bared, los insistentes bombardeos militares empiezan a enloquecer a sus vecinos. Y con ellos, los de otros campos de refugiados, que ayer reventaron en protestas para exigir el fin del asalto militar. Docenas de personas salieron a la calle en An Al Haluwi, el mayor de todos los campamentos de Líbano y cercano a Sidón, a gritos y quemando ruedas de coche en su marcha, al tiempo que la revuelta se reproducía también en Rashidiye.
Y mientras crece el temor a que la escalada de ira incendie como la pólvora también los otros once enclaves palestinos del País del Cedro, donde habitan más de 400.000 hombres y mujeres y, entre ellos, inquietantes facciones armadas que con frecuencia guerrean entre sí en nombre del extremismo islamista. Tal y como Fatá Al Islam amenazó: «Extender la violencia más allá de Trípoli, a todo Líbano».
Mediación de Abú Mazen
En apoyo de la comunidad palestina, la Autoridad Nacional hizo público que su jefe de filas y presidente de la OLP, Abú Mazen, mediará entre el grupo armado y el Gobierno para hacer remitir la violencia y que su petición es que el Ejército libanés interrumpa sus ataques «para dejar salir a los heridos y poder facilitar las labores de rescate», aunque el rais dejó claro que no está de parte de Fatah al-Islam. «No tiene conexión ni relaciones con Al-Fatah, ni con Hamás, ni con la OLP», señalaba un portavoz.
No obstante, la sombra de una revolución intensificaba ayer las manifestaciones oficiales de apoyo al Ejército, incluida la del presidente, Emile Lahoud, que hizo un llamamiento para que el pueblo respalde a su débil Fuerza militar. La Liga Árabe condenaba las «acciones criminales perpetradas» por el grupo suní. Sobre todo después de los contradictorios mensajes lanzados ayer por Abú Salim Taha, el portavoz de la milicia de Fatá Al -Islam atrincherada detrás del escudo humano de los 30.000 habitantes de Nahr Al Bared, que primero anunció un cese al fuego unilateral para permitir la entrada de ayuda, mientras que el mismo día un comunicado en el que dejaba clara la disposición de la banda de «luchar hasta la última bala».
No hubo tal cese el fuego. Cuando se acercaban los primeros convoyes humanitarios, según la cadena de televisión libanesa LBC, el disparo de un francotirador apostado en un tejado contra el Ejército volvió a desencadenar los tiroteos, y en respuesta el lanzamiento de proyectiles de mortero. El canal del grupo chií Hezbolá, Al Manar, aseguraba que cuatro personas murieron y seis resultaron heridas en un ataque contra una fila de vehículos de la agencia de la ONU para los refugiados palestinos, sin que quedara claro si se trataba de civiles o funcionarios. El numero de muertos se calcula ya en un centenar.