Miércoles, 23 de mayo de 2007
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Lemas electorales
PUES ya andamos metidos de nuevo en el torbellino de palabras -no tanto de ideas- que trae consigo una campaña electoral. Palabras con intentos de seducción, porque, en definitiva, las campañas electorales son una subasta. Los licitadores van exponiendo sus ofertas a un ritmo bien medido, dosificándolas en función de las que hagan los rivales. Si es un postor ya avezado, sabrá dónde debe detenerse, aunque no sea más que para no ofender la capacidad de raciocinio de los adquirentes. Si no lo es, ofrecerá ilusiones vestidas de proyectos vagamente realizables, sin explicar que jamás va a cumplirlos. Si los oyentes tienen ya una experiencia bien curtida, como es el caso, sabrán distinguir entre ambos sólo con oírlos saludar, y dejarán en su sitio a los vendedores de humo. Lo malo es que no existen líneas definitorias tan claras. Ni aun los ofertantes más serios pueden prescindir de una cierta dosis de demagogia, ni los más fantasiosos carecen de una mínima cantidad de realismo. De ahí la dificultad de discernir entre ambos, y de ahí el hecho de que, muchas veces, la elección termine haciéndose en virtud de motivaciones más próximas al sentimiento que a la razón objetiva.

Resulta entretenido observar los lemas que los entes pensantes de los laboratorios de propaganda de las formaciones políticas idean para dar forma en dos palabras a su programa. Hay un partido que anda envuelto en algunos de los escándalos más sonados de corrupción urbanística y ha adoptado como lema 'Haremos más'. Como para animar al votante receloso. El mismo partido, que desenterró la memoria de nuestra guerra y que tiene a Irak como uno de sus argumentos estelares, nos dice a todo color desde las vallas: 'Miramos adelante'. Realmente, ante las urnas, España es un país de convencidos.

Decía Borges, con su agudeza para fabricar definiciones contra corriente, que la democracia es una superstición muy difundida. Puede que tenga de superstición el hecho de ser inalcanzable en su estado más puro y que posea sus rituales propios y sus ministros y su terminología específica, pero el hecho de introducir un nombre en una urna no tiene de mágico más que lo escaso de su práctica. Ese es el único momento en que la democracia no es palabrería. El día en que las campañas electorales dejen de ser subastas vocingleras para convertirse en reflexión personal sobre la base de unos mensajes ofrecidos con medida discreción, le habremos quitado otro poco de razón a la definición de Borges. Y el día en que a los partidos insignificantes deje de otorgárseles el poder de poner y quitar gobiernos a su antojo y se les limite tan sólo al espacio en que los han puesto los ciudadanos, habremos introducido definitivamente la democracia en el ámbito de la dignidad.

No sé si después de todo vamos a tener nuevas caras y nuevas ideas en nuestro ayuntamiento y en nuestro gobierno regional o van a seguir mandándonos los mismos de antes. En todo caso, que sea para mejor.

 
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