La distribución geográfica del voto no es homogénea. Los socialistas obtienen el mayor respaldo en las cuencas mineras y Gijón. Y su peor registro en Oviedo. La mejoría del voto del PP en urbes industriales, como Gijón o Avilés, ha convertido las urnas ovetenses en un problema superlativo para el PSOE, hasta el punto de poner en riesgo su hegemonía regional. ¿Cuál es el problema de la izquierda en Oviedo para que tenga que venir el mismísimo Zapatero a despertar el voto socialista de la capital?
Sobre Oviedo se proyecta el mito de la ciudad burguesa; como la etiqueta tiene algún fundamento no vamos a rechazarla, pero sí a relativizarla. De 1983 a 1991, Oviedo tuvo un alcalde socialista, Antonio Masip. Una alcaldía ganada a pulso, sin el cobijo de un presidente autonómico carismático. En la pérdida del poder socialista en la capital influyeron mucho más las luchas intestinas del PSOE que la valía del entonces candidato del PP, Gabino de Lorenzo, un ingeniero de Ensidesa de origen humilde, desconocedor de la vida política.
Desde la propia agrupación socialista, la AMSO, se llegaron a aprobar mociones de censura internas contra el alcalde Masip. De locos. De aquel marasmo interno quedó claro que para los las principales facciones del socialismo regional, cuyos estados mayores estaban en el Nalón y en la costa, era más importante la hegemonía dentro del partido que retener en sus manos el gobierno de la capital. Oviedo dejó de ser recuperable para los socialistas muy pronto, tras el primer mandato de Gabino de Lorenzo. Los planes de choque del alcalde levantaron la moral de la ciudad. A partir de ese momento comenzó De Lorenzo a realizar una operación de consolidación del poder que no llevaron a cabo los socialistas en Gijón, pese a gobernar 28 años el Ayuntamiento.
Merced a una relación intensa y sutil con los referentes locales, Gabino tejió una malla que le pone al abrigo de los avatares electorales. Algunas actuaciones, como ubicar el nuevo Palacio de Congresos entre un conjunto de viviendas, hubieran supuesto un escándalo en Gijón, mientras que en Oviedo resultan normales. La malla de poder tejida por De Lorenzo, con una gran influencia en la vida local, es lo que permite fenómenos tan curiosos como el hecho de ser el único alcalde que un año antes de celebrarse las elecciones nadie dudaba que iba a repetir mandato. De Lorenzo no ha hecho realizaciones especiales en los últimos cuatro años, pero tiene asegurada la reelección por los poderosos apoyos que concita. Hasta tal punto es así que el que critica su gestión se convierte automáticamente en enemigo de la ciudad.
A la astucia de Gabino se ha sumado la torpeza del PSOE. Desde una perspectiva electoral, resulta imperdonable que los socialistas hayan desaprovechado el poder del Principado para hacerse visibles en la ciudad. Nunca entendí por qué en los gobiernos de Álvarez Areces no había notorios consejeros ovetenses, con predicamento en la capital y sin ese complejo de gijoneses mediopensionistas que tienen algunos miembros del Gobierno regional. Con más de medio billón de las antiguas pesetas de Presupuesto autonómico se pueden hacer muchas cosas para relativizar la figura de De Lorenzo. Como hizo el presidente Mitterrand, en París, con el alcalde Chirac. Lo que ha sucedido con la temporada de ópera es un ejemplo claro de ceguera política.
No tiene sentido plantearse gobernar de forma estable en la región con la animadversión de la capital. Una cosa es que Oviedo tenga alcalde del PP y otra que los socialistas tengan un papel marginal en la capital. El grupo municipal del PSOE se ha contentado con la construcción de un discurso de denuncia, estéril, más creíble en boca de IU. A Oviedo le ocurre lo mismo que a Madrid: lo empujan a la derecha. Algunos no recuerdan que en la capital de España hubo alcaldes socialistas, como Tierno y Barranco, coetáneos de Masip. Claro que Antonio cumplía con una condición esencial: las ciudades, para gobernarlas, primero hay que amarlas.