Detrás de ese cura rockero con pendiente, guitarra y moto, hay un treintañero preocupado por mejorar la porción del mundo que tiene más cerca. Roberto Marcos es párroco de San Esteban de Ciaño, un distrito trabajador de Langreo que quiere a voces una rehabilitación urbanística para eliminar las manchas del tiempo y mantiene a salvo de las mareas ideológicas el viejo código de valores de la mina. Según el censo, los pueblos a cargo de Roberto suman 3.500 habitantes, aunque la realidad no está a la altura de los cálculos administrativos. Mucha gente ha dejado el valle del Nalón en busca de lugares con mejores perspectivas de trabajo.
Desde el altar se aprecia esa tendencia en ocasiones especiales, cuando toca oficiar el funeral de un vecino fallecido lejos que vuelve a las raíces para enterrarse o, en ocasiones más alegres, cuando el templo acoge bodas repletas de jóvenes que el sacerdote no conoce, parejas que madrugan, pasan el día fuera y sólo duermen en Ciaño.
A Roberto le va fatigando dar explicaciones de su imagen y prefiere hablar de su trabajo. Llegó a Langreo desde Cabrales hace casi siete años, y se ha integrado a la perfección con la mentalidad de la zona. «Es gente acogedora, acostumbrada a la llegada de trabajadores de otras regiones, y muy solidaria», asegura. No se siente ningún rebelde sin relación con la Iglesia. Al contrario, colabora con el resto de los párrocos de Langreo y sus domingos siempre guardan sitio para una partida de cartas con ellos. «Tenemos diferencias de formación y vida, pero no de fondo. Pero no van de abuelos, sino de compañeros. Llevan cuarenta años aquí y son toda una base de experiencia», afirma. Respetar a los mayores es, a su juicio, otra enseñanza de la cuenca minera, un lugar donde las gentes aún se enorgullecen de cuidar de sus abuelos y pasar tiempo con ellos.
En los últimos meses, ha abandonado un tanto esas sobremesas con tapete verde. Aprovecha la calma de los días festivos para no retrasarse en las lecturas y los trabajos a los que le obliga el master en gestión de ONGs y asociaciones de intervención social que cursa en la Universidad de Oviedo. Un párroco del año 2007 necesita mucho más conocimientos que la teología y la filosofía que se le suponen. Tiene que estar al día en psicología, sociología y pedagogía para ajustarse a sus feligreses, no perderse en el mundo de la cooperación internacional para asegurarse de que el dinero de sus proyectos solidarios se invierte de verdad y, además, atesorar los saberes prácticos de toda la vida en diversos oficios: pintor, electricista, albañil. Siempre hay tejados que reparar y viejos locales que rehabilitar para poner en marcha alguna idea. O varias, porque en Ciaño ha encontrado colaboradores entusiastas.
La parroquia mantiene proyectos solidarios en Guatemala y Bosnia. Junto al periodista, llegó a la casa sacerdotal una carta con una buena noticia: el Principado ha concedido una subvención de 60.000 euros para construirles casas a los damnificados del huracán Stan. Los católicos de Ciaño también mantienen un centro de día para menores en riesgo de exclusión social al que acuden 23 niños de 4 a 12 años. Quieren ampliarlo con unos talleres para jóvenes, pero la burocracia avanza a paso lento. En la iglesia también se imparten cursos de promoción de la mujer, y un grupo de voluntarios desarrolla un trabajo de apoyo a los toxicómanos que incluye visitas periódicas a la prisión de Villabona. Con eso y las tareas cotidianas de administración de la parroquia -la catequesis, las bodas, los funerales, los bautizos-, los días pasan deprisa en su despacho.
A Roberto le gustaría tener ayuda para sacar adelante el trabajo, pero la Iglesia asturiana, envejecida y dispersa en más de 900 parroquias, no encuentra suficientes ministros para atender todos los frentes.
También ha descendido la asistencia a misa, aunque en Ciaño no se quejan. En los últimos años han conseguido mantener dos grupos de confirmación con asistentes entre los 25 y los 40 años. Al sacerdote, en realidad, no le extraña que los jóvenes, atados por condiciones de trabajo leoninas, no encuentren tiempo para la religión, como para muchas otras cosas, pero no pierde la esperanza porque reside en un lugar donde las señoras hacen tartas para los niños del centro social. El futuro es dulce.