La señora y el guardaespaldas coinciden en el ascensor. Ella, de unos cincuenta años, le mira de arriba abajo y trata de adivinar dónde la tiene. «La tienes ahí, ¿verdad?», le pregunta. El guardaespaldas se tira un poco hacia atrás para que se le marque el pantalón y apunta a la entrepierna. Enseguida se arrepiente. Debería haber sido más discreto. La mujer trataba de averiguar dónde llevaba la pistola y se ha atrevido a preguntárselo, valiente en el aislamiento del ascensor. En la calle, le asustará saludarle. Así comienza 'La soledad del ángel de la guarda' (Alianza), la última novela de Raúl Guerra Garrido, que le mantiene de gira por todo el país y que el próximo miércoles hara parada en Oviedo, para hablar de sus entresijos junto al colaborador de EL COMERCIO, el también escritor Ricardo Menéndez Salmón. «En todas mis novelas sobre el País Vasco el protagonista es el que sufre el miedo. En este caso, no es ni la víctima ni el victimario, sino el guardaespaldas, el que está en medio, sólo, sin apoyos. No pertenece a ningún grupo, y esa experiencia de su humanidad es la que he tratado de reflejar el libro», explica su autor.
Guerra Garrido dibuja en su obra ese «paisaje habitual» en la vida de Euskadi, el de los guardaespaldas, cuyo oficio consiste en proteger y pasar inadvertido, y que no había entrado hasta ahora en las novelas de los escritores vascos. «Se ha producido un tremendo 'boom' de seguridad en los últimos años. El País Vasco debe de ser el país de Europa y seguramente del mundo con más escoltas por metro cuadrado», dice un escritor que sabe de lo que habla, pues él mismo está amenazado y su farmacia en San Sebastián ha sufrido varios atentados de ETA. Uno de ellos dejó el local prácticamente carbonizado.
El miedo
El escolta de la novela protege a un viejo profesor y se relaciona -poco- con algún compañero del mismo oficio, y con las mujeres con las que se encuentra en una discoteca. Su familia y novia viven fuera de la ciudad y él se ha preparado en una escuela de élite. «Hay cosas que no termina de entender en su entorno y siente el rechazo social. Su situación se parece a la de la persona que recibe la carta de los terroristas. A algunos les parece que el culpable es él. Ya sabes, es lo del 'algo habrá hecho'».
Guerra Garrido conoce desde hace mucho a los guardaespaldas, y aún se acuerda de su 'primera experiencia'. «Quedé con un amigo, un cargo político amenazado que tenía protección.Vas con él y empiezas a ver fantasmas. Si te encuentras con un señor vestido con una gabardina, jamás piensas en un exhibicionista, sino un tipo con una ametralladora debajo. Empiezas a fijarte en la gente y a sospechar de ella. Es tremendo». Al menos, y por buscarle un aspecto positivo que no tiene, «llevar escolta quizá adorne la vida con un sentido novelesco», matiza.
A medida que la novela avanza se va planteando la relación entre los escoltas y los protegidos. «Los profesionales saben que de vez en cuando los segundos querrán tomar un café con ellos, pero que no todos los días les apetecerá. Ha habido de todo, los que se han amado y los que se han odiado. Si al que proteges es lector, seguramente acabarás leyendo más, y si es político terminarás acudiendo a los periódicos. Si es deportista, acabarás haciendo más deporte».