Callaron los voladores y un silencio desacostumbrado se instaló sobre Soto del Barco. Vivir al borde la carretera nunca había facilitado la calma, pero los últimos años, con el trajín constante de los camiones de la obra, habían sido un tormento de ruidos y molestias para los vecinos. Dentro de una pequeña tienda de alimentación, a un suspiro de la famosa glorieta, Rocío se maravillaba de la nueva «tranquilidad». La autovía pasa ahora a un par de kilómetros del centro de la localidad, pero no cree que el descenso del tráfico le reste clientes.
En el exterior, el taxista Manuel Álvarez quiere probar pronto el tramo y también destaca la recién ganada tranquilidad. Una amiga que trabaja en una oficina de seguros al lado mismo de la rotonda se lo ha confirmado. «Por fin se oye sonar el teléfono».
Al otro lado del Nalón y de los cuatro viaductos del tramo, en Muros, Juan José García, profesor de la Universidad de Oviedo, llega encantado desde la capital. «Sólo venía los fines de semana, pero ahora podré plantearme pasar más tiempo aquí», asegura. El trazado le ha descubierto nuevas perspectivas del paisaje. «Ha sido una sorpresa», dice.
Un poco después, llega Javier Alonso, que no viene tan contento. No le gustan ni el «electoralismo» de la fecha de apertura ni el remate de las obras. «La carretera hace dos ondulaciones en el viaducto del Nalón que no me gustan nada», opina. Como trabaja en Oviñana, hacia el lado contrario, no usará los 6 kilómetros a diario. Y, como se teme que el atasco de Soto se desplace a la nueva glorieta de Somao, prevé usar durante el verano la vieja N-632. «Habrá que repartirse», advierte. JUAN JOSÉ GARCÍA PROFESOR UNIVERSITARIO
MANUEL ÁLVAREZ TAXISTA
JAVIER ALONSO OPERARIO