Aunque venía participando en distintas colectivas desde 1987, el trabajo de Fernando Peláez se impulsó en el circuito asturiano tras entrar hace diez años en la nómina de la galería Cornión, que le organizó algunas exposiciones individuales y le llevó a la feria de Arco. Ahora, su obra vuelve a la sala gijonesa entre sugerencias, juegos lineales y guiños literarios.
-Desde su última exposición en esta sala, la obra ha evolucionado bastante.
-En esta exposición se muestra lo que ha quedado en pie de todo el trabajo realizado desde la última individual en la galería Cornión. He hecho, rehecho y destruido unos cuantos cuadros, me he desorientado y, finalmente, después de muchas vueltas y una vez descartado lo que no podía ser, me he quedado con lo que la brújula del instinto señala como rumbo a seguir. Y no me ha sorprendido mucho encontrarme en el mismo camino en el que estaba al principio ¿Cuál es la diferencia entonces? Quizás, que aunque el camino sigue siendo tan largo como antes, lo veo con mejor perspectiva y con la certeza de haber avanzado un poco.
-Continúa fiel al papel como soporte...
-Es un material que conozco bien. Dúctil y delicado, con algunas limitaciones pero sensible a casi cualquier gesto, algo que en ocasiones se vuelve contra uno. Pero también es un material muy agradecido. Dicen que el roce hace el cariño. Y aunque 'él' tiene la última palabra, en esta relación es el sujeto pasivo y se limita a dejarse querer.
-Su pintura sigue hablando de poesía, con otras reflexiones.
-Dejando aparte lo fundamental, que son las personas que conforman tu intimidad, lo más importante son las actividades que escoges hacer cuando no estás obligado a hacer nada. La pintura, la literatura, la poesía, la música, el cine... son actividades que me llenan. Considero que mi trabajo es mi memoria, mi conocimiento, una mirada a mi interior, en resumen, la transposición de unas emociones a unas formas físicas. Todo aquello que forma parte de mí, de una manera u otra, forma parte de mi pintura. Por eso a menudo incluyo referencias más o menos directas a la literatura, la poesía... Son vehículos de expresión del ser humano que sirven para enriquecerse en espíritu.
-¿Está en contacto con el circuito artístico actual o trata de mantenerse al margen?
-Se dice que el gran tesoro de un artista es su independencia y que ésta se consigue estando solo. Mi tendencia natural es mantenerme al margen, por mi carácter y forma de ser más que por una cuestión de independencia. Muy lejos de considerarme antisocial, me siento a gusto en un cierto aislamiento. Eso tiene el inconveniente de que, en ocasiones, te puedes quedar fuera de las cosas. En esta cuestión son fundamentales unos pocos y escogidos amigos del gremio de las artes que, con un espíritu menos cartujano que el mío y con mucha paciencia, me recuerdan constantemente que solo no se llega a los sitios mejor que acompañado.
-¿Algún sueño posible?
-Como esperanza, con pocas probabilidades de realizarse, está el sueño de que se llegue a considerar el arte y las modas como cosas distintas que no deben mezclarse ni confundirse. Ser moderno puede ser un arte pero el arte, clasificaciones históricas al margen, no es antiguo o moderno. Las modas se quedan siempre obsoletas, engullidas y sustituidas por si mismas, en un paradójico ciclo sin fin. El arte y las ideas y los sentimientos que lo propician siguen siendo los que eran desde que el hombre es hombre. Y la mujer, mujer, claro está.
-¿Y alguno imposible?
-Que la sociedad tenga interés por las Humanidades y deje de estar marcada por esa necesidad multinacional de rentabilizar cada céntimo y cada minuto invertido. Que deje de ser una sociedad en la que el libre pensamiento se vea como algo peligroso e incómodo, donde las herramientas para conseguirlo se ven acosadas por 'vaya usted a saber qué' enigmáticas fuerzas oscuras del mal, que pretenden darnos gato por liebre, ofreciéndonos a cambio un apetitoso menú a base de conformismo, indolencia y borreguismo globalizado. Y sin ánimo de ofender.