A María Dulzores se le murieron su padre y su tortuguita de agua el mismo día, pero siente más pena por su padre que por la tortuguita porque cuando era niña su padre la encontró jugando con su hermano Ceferino a esposas y maridos y le arreó tal bofetada que le descoyuntó el maxilar y le arregló el belfo y aunque no pudo entender por qué a Ceferinín no le había roto un brazo, sí comprendió desde entonces gracias a la enseñanza paterna de qué iba a ir la vida y no volvieron a cogerla ni con Ceferino, ni con su primo Gonzalo, ni con las hermanas Castillejo, porque aprendió a esconderse y a ser, según cuando, santa y puta, oscura y luminosa, verde limón y rojo inglés, y así, me dice, hasta que se abandonó a la virilidad, la inteligencia, la belleza y el placer, en fin hasta que se abandonó a mí.
Yo le digo que también cuando era pequeño y estaba intentando meter una peseta en la huchita de mi prima Cecilia, que de mayor se hizo torera, apareció mi padre con la autoridad de un dios pagano y me cogió en brazos, me llenó de besos con sabor a Montecristo y me paseó en hombros por la playa gritando que esti ye'l mi gayu, y que agradecí el gesto paterno porque me enseñó a ser ahorrativo y juguetón.
Y va María Dulzores y me pregunta que si sé por qué a los padres de antes les gustaba el juego de la huchita y no el de esposas y maridos, pero la verdad es que no lo sé. «Eran otros tiempos», le digo con la cara de imbécil que pongo para decir cosas semejantes, y ella asiente como diciendo que sí, que eran otros tiempos pero que por qué esos tiempos eran otros tiempos, y me dice que de saber que a los padres no les gustaba el juego de esposas y maridos que ella también hubiera jugado a meter pesetas en la huchita y que porqué no te decían a la cara que les gustaba este juego sí y el otro no y se me ocurre que ya tenían bastante con ser padres y va ella y me dice que soy lo menos parecido a un padre y me gusta, y me dice que mis palabras la desnudan y la visten y también me gusta, y me gusta que me mire con admiración y llore de felicidad y que me diga que mira que estás bueno y esas cosas que suelen decirme las mujeres, y pienso que al fin y al cabo ser hombre tampoco está tan mal.