Sábado, 26 de mayo de 2007
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SOCIEDAD Y CULTURA

LA MIRADA CRÍTICA
Reivindicar la emoción
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En la contemplación pausada de las obras de arte y en las conversaciones con los artistas uno suele apostar por la 'emoción' como elemento fundamental para seguir mirando. Algunos trabajos sugieren, otros intrigan, unos pocos sorprenden y merecen elogios. Pero los más poderosos, sin duda, son aquellos que nos 'emocionan'.

No es nuestra tarea definir la emoción en términos estrictos, pero intentamos transmitirla, dentro de nuestros límites, para incentivar la interpretación ajena. Decía Unamuno que hay que «sentir el pensamiento y pensar el pensamiento». No en vano, las ideas que mueven el mundo son aquellas que antes se han transmutado en sentimientos y los han llenado de emociones.

Los especialistas suelen clasificar las emociones de diversas maneras, y la mayoría coinciden en que la seguridad, la gratificación, la felicidad y la totalidad podrían ser los cuatro términos aglutinantes capaces de englobar otros que nos sobrecogen con cierta periodicidad.

El caso es que, frente a una creación artística, la cosa se complica. Primero, porque estamos influidos por nuestro propio conocimiento, que enfría la emotividad en pos de supuestas calidades en vez de hacernos apostar más y mejor por la pura emoción, como herramienta esencial en la interpretación de las obras.

Todo arte es un remoto recordar, vibraciones inmemoriales que reviven en un tiempo o un lugar; un poderoso argumento capaz de desarrollar nuevos roles y estrategias que se adaptan, individual o colectivamente, y adquieren compromiso social. Un juego constante y complejo, repleto de vibraciones y abierto a nuevos símbolos y conceptos.

Pero en el análisis artístico la emoción suele subsistir en un segundo plano, aunque desde Grecia se haya escrito tanto. El problema, quizás, es que siempre aludimos a ella mediante limitaciones semánticas, dadas sus propiedades estéticas o formales. La historiografía y otras metodologías de trabajo, a veces, empañan nuestras miradas.

Es preciso creer en lo positivo que resulta sentir miedo, poder, rabia, valor, alegría, tristeza, apatía o amor frente a estas cosas. Una buena elección sería alternar los conocimientos con la intuición, para no caer en frialdades. Reivindicar, en fin, la emoción de lo inútil, declarando nuestra fe en las causas perdidas y, si nos quedan fuerzas, disfrutando durante ese empeño.

 
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