Soto del Barco recupera la normalidad después de ser durante décadas el punto de parada obligatoria para miles y miles de conductores. Con merecida fama se ganó el apelativo de 'semáforo del Cantábrico'. Donde antes había embotellamientos hoy hay tranquilidad. Algún vecino, como Arcadio Martínez, afirma aliviado que «descansó el pueblo». El alcalde, Jaime Menéndez Corrales, lanzó voladores el viernes a mediodía, cuando el tramo se puso en servicio. Lo había prometido en estos últimos años y montó una mascletá digna de un gran acontecimiento. Francisco Menéndez, vecino de El Moral, recuerda que antes no se podía cruzar la glorieta, el famoso 'semáforo del Cantábrico' que ahora definitivamente ha dejado de existir. «Esto vuelve a ser un pueblo tranquilo y ya no se nos conocerá por tener un atasco todos los puentes festivos y los días de mayor tráfico en verano», pronostica, satisfecho.
Los vecinos de Soto han recuperado los trayectos locales, como el que conduce a San Juan de la Arena, que antes no se atrevían a hacer «por temor al atasco en la rotonda de Soto del Barco», destaca Francisco Menéndez. Además, el desvío de miles de coches al día por la nueva autovía les deja dormir sin ruidos ni trajines de tráfico.
En Muros de Nalón, mientras tanto, los conductores se sienten más cerca de Oviedo, Gijón y Avilés. El profesor de la Escuela Superior de Ingenieros de Minas de la Universidad de Oviedo Carlos Gutiérrez, que vive en la capital y viaja los fines de semana a Muros de donde es natural, reconoce que había tenido que desistir de acudir los domingos a su pueblo, «porque era imposible por los atascos». Cree que ahora podrá retomar la costumbre de pasar los días libres en Muros.
La pareja formada por Rocío Fernández y Luis Ángel Fernández sufrió la expropiación «no del prado, sino de la casa», en Ponte en junio de 2002. Mientras espera aún el pago del justiprecio, esta pareja reconoce que la obra «era muy necesaria». No obstante, Rocío se ha fijado en que los alrededores del nuevo tramo «están aún por rematar».
La mayoría de los vecinos consultados reconoce que la obra «se ha hecho esperar» y ha costado más de lo previsto (en concreto, 17 millones más), pero una vez abierto el tramo Soto-Muros, recuperan la tranquilidad y se sienten mejor comunicados con la zona central. Eso, dicen, «no tiene precio».