«Yo empecé de monaguillo, de niño, en la parroquia de mi pueblo, que se llama Valdés y está en Luarca. El párroco me invitó a seguir la misión que él estaba realizando». José Manuel Alonso respondió con un 'sí' rotundo a esa invitación y ahora celebra sus 50 años de sacerdocio con el 'título' de párroco de Vega, Baldornón, Fano y Huerces.
El jueves se reunirán en Oviedo 33 curas formados en Asturias para asistir a una comida de la promoción en la que 21 celebrarán sus bodas de oro y 12 sus bodas de plata sacerdotales. El cura de Vega tiene «75 años largos» y lleva 40 en sus parroquias gijonesas. Antes estuvo en Lugones, Viella y Latores. Todo gracias a que mucho antes, cuando tenía 13 años, dejó Valdés para ingresar en el seminario menor de Tapia de Casariego, en «un curso de los más numerosos, con más de 100 chavales».
En aquel entonces, en Asturias no sólo estaba el Seminario de Oviedo. De Tapia, José Manuel pasó a Valdediós y con 25 años se ordenó sacerdote, en «un día de esos que no se olvidan en la vida». Cree que lo más importante en su día a día de cura rural «es el contacto personal, participar de los problemas de la comunidad, es algo familiar». Ha visto cómo los jóvenes abandonaban su zona para vivir en la ciudad, pero ahora Vega crece y las urbanizaciones suman feligreses, «ya hay más de mil familias».
Allí es donde quiere jubilarse, porque «ya no está uno para correr mucho». Lo afirma mientras reflexiona sobre qué significa ser cura hoy en día: «Es complicado, por el ambiente materializado, porque la gente pasa de todo sentido de trascendencia y se olvida que la misión del sacerdote es importante, pero la Iglesia no es sólo cosa del cura, todos somos Iglesia».
Ángel Pandavenes Alonso, uno de sus 'compañeros de promoción', también empezó de monaguillo en Cazo (Ponga) y a los 11 años llegó a Valdediós. Desde 2004, es el deán de la Catedral de Oviedo, un cargo que no imaginaba que llegaría a ocupar aquel 6 de abril de 1957 en el que, de manera extraordinaria, el Javier Lauzurica y Torralba ordenó a 25 jóvenes curas antes de que finalizara el curso en el seminario.
Debía confiar el arzobispo de Oviedo en esos diáconos y Ángel sostiene que él también lo tenía claro: «De verdad, nunca dudé. A mí me llamaron para jugar al fútbol en el Real Oviedo cuando estaba en Primera División, pero yo ya había encontrado mi vocación y dije no», cuenta el deán, a sus 76 años. El equipo perdió un defensa central y la Iglesia ganó un cura convencido que cuando fue destinado a Villaviciosa renunció a sus aficiones: zarzuela, canto y ópera.
«También fui un fumador empedernido y dejé de fumar. Fue por amor, que es lo que lo que es mi vocación. Mi padre enfermó del pulmón y yo le prometí dejarlo con él». La emoción empapa los recuerdos de Ángel, a quien con motivo de sus bodas de oro sacerdotales la familia y los amigos de Cazo han regalado un viaje a Roma. Allí no coincidirá con ningún compañero de seminario, pero sí podría encontrarlos en Brasil o Pamplona.
Los curas ordenados en Asturias a veces se dispersan por el mundo y otras se quedan cerca de casa, como Gonzalo José Suárez Menéndez, natural de El Escamplero (Las Regueras) y párroco hace dos años de Figaredo, Santullano y Santa Cruz (Mieres). Tiene 53 años y 25 de sacerdocio de Gijón a Teverga y de allí a Figaredo, corazón de una cuenca deprimida por el desempleo. «Es difícil ser cura aquí hay que dividirse porque cada comunidad es distinta y hay que saber tratarla, cambiar de esquema», comenta.
En el Caudal aprecia «sobre todo, falta de ánimo y de ilusión, tanto en los jóvenes como en los mayores, que viven en la nostalgia de otros tiempos mejores». En su año, se ordenaron 12 curas. Hoy serán tres. «La Iglesia en este momento no es para todos. Exige una apuesta radical y exigente y la juventud tiene hoy muchas llamadas desde muchos ámbitos», argumenta.