Aquel sábado, la historia del Tour comenzó a pasar página. La de Miguel Induráin. La carrera casi centenaria eligió para ello un puerto nuevo, sin pasado, sin nada especial: Les Arcs, una estación alpina. Todo se resumió en un gesto insólito: de crispación en el rostro del imperturbable navarro, del dueño de la carrera durante los cinco años anteriores. Induráin, a tres kilómetros y medio de la meta se convirtió en un clavo. Deshidratado. Hueco. Por primera vez. Bajo un diluvio y sólo pedía agua. Incendio en los pulmones. Era una etapa gigante. Pasó de todo: Jalabert desfalleció, Bruyneel y Zülle acabaron en los barrancos del Roselend, el líder Heulot se retiró con una rodilla astillada, Leblanc firmó una victoria enorme... Pero de aquel sábado, sólo permanece una imagen. Única. La conversión en humano de un mito: Induráin doliente. Riis acabó sétimo. El navarro, atornillado al asfalto, perdió 4 minutos y 19 segundos. El Tour que no ganó Induráin. El de Riis.
En Les Arcs ya se intuyó la derrota. Pero no se supo hasta diez días después. Hasta Hautacam. Ya en los Pirineos. Era el 16 de julio, la mañana que Induráin cumplió 32 años. La tarde que se le escapó su sexto Tour. Por cuatro veces le atacó Riis. «Las tres primeras he podido seguirle, a la cuarta me ha reventado», reconoció en la meta el navarro. «Está muy fuerte, iba con el plato grande», añadió. Riis aplastaba la catalina de 53 dientes. Brutal. Induráin se plegaba sobre la de 39. En la cima Abraham Olano dejó una frase que anteayer, tras la confesión de Riis de que en ese Tour se dopaba con EPO, se ha llenado de contenido. «Riis no sólo estaba fuerte, estaba demasiado fuerte».
Ese 'demasiado' es sinónimo de EPO. Ahora se confirma. Riis y la mayoría de sus gregarios en el Telekom corrían con gasolina extra: repostaban en la farmacia. Era la moda de los noventa.
Hubo un tercer escalón en el camino de Induráin hacia la guillotina. El desfile más triste, el de la etapa diseñada como un homenaje del Tour a su figura. La que concluía en Pamplona. Un maratón entre Argeles Gazost y la capital navarra: 262 kilómetros con los altos de Soulor, Aubisque, Marie-Blanque, Soudet y el cruel Larrau, el puerto que ingresa en la tierra del ciclista villavés.
Antes de arrancar la jornada, Riis era el líder, con 2:42 sobre Olano y 2:54 sobre Rominger, compañero del guipuzcoano en el Mapei. Olano y el suizo se volvieron locos. El Mapei destrozó la carrera desde la salida. Trataron de acorralar a Riis y se inmolaron. Acabaron el noveno y el décimo de la general, tan lejos del podio. Su despliegue suicida agostó también las reservas de Induráin. Esperó hasta la puerta de Navarra para su entierro. En Larrau. Bajo un cielo ceniciento, cómplice. La niebla tapó su hundimiento final. Lo hizo más íntimo.
Aquella etapa la ganó Dufaux. Con él llegó a Pamplona Riis, líder sin respuesta. Navarra aclamó al verdugo de su hijo preferido. Acababa de cerrarse su página. Y lo hizo como la había abierto: sin una estridencia. Ese Tour, el de 1996, lo ganó Riis cuatro días después en París. Con su delfín Ullrich al lado y con Virenque subido al tercer cajón del podio. Dos temporadas atrás, la eritropoietina latía en el corazón de Riis y en las venas del Telekom mientras celebraban el 'sexto' de Induráin.