Domingo, 27 de mayo de 2007
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TELEVISIÓN

CRÍTICA DE TV
Arturo
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TVE-1 ha estrenado una serie de Arturo Fernández. Los conceptos 'estreno' y 'Arturo Fernández' son antitéticos. Un 'estreno' es algo novedoso por definición. Arturo Fernández ya no puede ser novedoso, también por definición. Arturo Fernández tiene 77 años y lleva subido a un escenario desde 1954. Repito: 1954. En ese año, los norteamericanos aún no habían acudido a Vietnam, todavía existía el Marruecos español y Fidel Castro sólo era un oscuro conspirador marginal. Desde entonces, el gijonés (como Fidel, por cierto) lleva más de medio siglo interpretando sin interrupción un solo papel: el de sí mismo.

Eso es prodigioso, sin duda; pero llega un día en que deja de serlo, y no hay mejor confirmación que la nueva serie de TVE-1, que responde al tópico nombre de 'Como el perro y el gato'. La longevidad artística es un mérito que inspira reverencia, pero tiene sus límites. Por muy en forma que esté don Arturo -que lo está, y eso es admirable-, nadie puede ser eternamente una estrella. Todas las estrellas terminan extinguiéndose, así en el firmamento como en los escenarios. A partir de un cierto umbral de permanencia en el primer plano, lo más aconsejable es dosificar las apariciones.

Arturo Fernández ha traspasado ese umbral con creces. Insisto: es para quitarse el sombrero, pero, acto seguido, conviene plantear la reflexión sobre las retiradas a tiempo. 'Como el perro y el gato' es el mejor ejemplo posible de situación en la que uno tiene que empezar a pensar en esas cosas. El estreno se saldó con una cifra de audiencia muy decepcionante: una cuota de pantalla del 14,2%, que equivale a unos 2,5 millones de espectadores. Es bastante gente, sin duda, y posiblemente se trate de un público fiel. Pero es una cosecha muy pobre si la comparamos con las cifras que a la misma hora obtenían Antena 3 y Telecinco. Y sobre todo: es el producto en sí mismo, la serie, la historia, lo que hace agua por todas partes menos por una. Esa parte donde aguanta el calafate es, evidentemente, el protagonista.

Pero veamos todo lo demás: una narración absolutamente artificiosa, un reparto que lo mismo podría estar ahí que en cualquier otro lugar, una ambientación desdichadísima, unos diálogos que en realidad son un monólogo con coro Todas esas cosas flojean -o, más bien, naufragan- porque no tienen otra misión que escoltar la puesta en escena de Arturo Fernández, hacer la ola al maestro, rodear al protagonista con un ambiente donde se sienta cómodo.

 
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