La reunión más esperada, la cita histórica entre Estados Unidos e Irán, duró cuatro horas y se desarrolló finalmente en la oficina del primer ministro iraquí, NuriAl Maliki, en plena 'zona verde' de Bagdad. Veintisiete años después de la crisis de los rehenes de Teherán, que supuso el fin de las relaciones diplomáticas entre ambas potencias, sus respectivos embajadores en la capital del país del Golfo se sentaron en la misma mesa para intentar buscar soluciones al conflicto.
Apretón de manos inicial, sonrisas y muchos flashes en una reunión a puerta cerrada presidida por las autoridades locales. Y una larga espera que no ofreció resultados espectaculares, pero que fue el primer paso de un diálogo que hasta ayer parecía imposible.
Ryan Crocker, embajador de Washington, ofreció una rueda de prensa nada más concluir el encuentro para explicar que había detallado «los motivos de nuestra preocupación por el comportamiento de Irán, que apoya a las milicias chiíes que luchan contra el Ejército iraquí y contra los soldados de la coalición».
El diplomático estadounidense calificó el encuentro de «positivo», pero añadió que ahora era «imprescindible ver un cambio de actitud. Mucha de la munición y explosivos usados por esos grupos se fabrica en Irán y estas actividades deben detenerse. Habrá que esperar resultados». A la espera de ellos, ambas partes mostraron su buena disposición para futuros contactos, pero no se marcaron fechas concretas.
Silencio iraní
La delegación iraní, con su embajador en Bagdad, Hassan Kazemi-Qomi, al frente, rehusó comparecer ante los medios. Según oficiales estadounidenses, los diplomá- ticos persas tampoco ofrecieron respuestas concretas a las acusaciones sobre su apoyo a las milicias chiíes a lo largo de una reunión en la que se trató exclusivamente el problema de la seguridad. No hubo tiempo para la carrera nuclear del régimen islámico, al que los americanos acusan de querer desarrollar armamento atómico.
Desde Teherán se siguió el encuentro con cautela. Este paso era pedido a gritos por los sectores reformistas del régimen, que quieren poner fin al aislamiento internacional, pero ha recibido severas críticas de los fundamentalistas, ya que consideran que «hablar con el Gran Satán viola el ideario del imán Jomeini», como señaló el ayatolá Seyyed Ahmad Jatamí el pasado viernes. El discurso oficial que mantiene el régimen islámico es el de exigir a Estados Unidos que cumpla con sus obligaciones de fuerza ocupante y pro- porcione seguridad a los iraquíes hasta que se produzca su retirada definitiva de la región.
Mientras en Bagdad se producía el histórico encuentro, en la capital islámica el responsable de Exteriores, Manucher Mottaki, aprovechaba para recordar a la Casa Blanca que «debe cambiar su política en Irak, admitir que se ha equivocado y apostar por el diálogo».
Esta puerta para la solución del conflicto iraquí se abre en un momento en el que ambas potencias mantienen fuertes disputas a nivel internacional. Washington ha desplegado nueve barcos de guerra en el golfo Pérsico, e Irán le acusa además de intentar desestabilizar el país mediante la financiación de grupos de oposición y redes de espionaje en sus fronteras -baluchis y kurdos fundamentalmente-.
El propio ministro de Exteriores, Manucher Mottaki, en la víspera del encuentro de Bagdad, entregó a la Embajada de Suiza en Teherán -que hace de intermediaria entre ambas potencias- una carta de queja por estas actividades que «violan los tratados internacionales».