Toshikatsu Matsuoka es el primer miembro del Gobierno japonés que se quita la vida desde que la Constitución fue promulgada en 1947, pero es el séptimo parlamentario en suicidarse desde el fin de la II Guerra Mundial.
Una cifra realmente baja porque, de hecho, en el archipiélago nipón se matan cada año voluntariamente más de 34.000 personas, lo que convierte a Japón en uno de los países con la tasa de suicidios más alta del planeta (25 por cada 100.000 habitantes, mientras que en EE UU es de 12 y 15 en Alemania).
Los suicidios ya se han convertido en la sexta causa de defunción en el imperio del Sol Naciente, que no considera tales actos como un tabú y hasta los ha glorificado con los 'harakiris' de los samuráis y los heroicos sacrificios de los pilotos 'kamikazes' durante la II Guerra Mundial.
Todos ellos son alabados por la cultura nipona, que tiene entre sus más ilustres representantes al célebre escritor Yukio Mishima, quien se suicidó siguiendo el ritual tradicional del 'bushido' tras entregar a su editor su última obra, 'La corrupción de un ángel', el 25 de noviembre de 1970.
Pero los tiempos han cambiado y, si antes los japoneses se quitaban la vida por honor y para evitar a sus seres queridos la deshonra de su derrota en el campo de batalla o de su fracaso vital, ahora lo hacen por motivos más mundanos pero igual de trágicos.
A través de Internet
La rigidez de la sociedad nipona, su fuerte competitividad y la alienación de sus individuos en un mundo hipertecnológico, pero con escasas relaciones sociales, han multiplicado los suicidios, que ahora se llevan a cabo de forma colectiva tras pactarse en internet. A todo esto se suma la crisis que su economía arrastra desde los 90, que provoca miles de despidos y causa 7.000 suicidios al año.
Con más de la mitad de la población conectada a la Red, han surgido decenas de páginas 'web' que no sólo imparten consejos para quitarse la vida, sino que reúnen a los suicidas. «¿Estás pensando en matarte?» o «Busco a alguien que quiera morir conmigo» son mensajes comunes en estos foros que se volvieron muy populares después de que, el 11 de febrero de 2003, tres jóvenes acabaran con su existencia tras conocerse en internet. Ese año, otras 34 personas siguieron su ejemplo, mientras que en 2004 fueron 55 y 91 en 2005.
En todos estos casos, el 'modus operandi' se repite con las mismas dolorosas consecuencias. Los jóvenes conciertan a través de Internet una cita en un lugar apartado y, una vez allí, se encierran en coches con las ventanas selladas. Tras tomar unas píldoras para dormir, encienden unos rudimentarios hornillos de carbón que les provocan la asfixia por inhalación de monóxido de carbono.
La mayoría de los 180 muchachos que, desde entonces, han acordado su muerte en el ciberespacio eran 'hikikomori'. Con ese nombre, que en japonés significa aislamiento, se conoce a los 1,2 millones de jóvenes -uno de cada diez- que se pasan el día encerrados en sus habitaciones viendo la televisión, escuchando música, jugando a la vídeoconsola, navegando por la Red o leyendo cómics 'manga' plagados de sexo y violencia.