Del 'Cantar de Mio Cid' se dice que es obra poética en la que resalta la historicidad y los recursos estilísticos sencillos. Pero estando el honor por el medio, raro sería que no hubiera complejidades, agravios y desagravios, querellas y un nudo gordiano que no sé yo si será capaz de tajarlo la gloriosa espada 'Tizona'.
De momento, la espada es el mismo nudo, para que nos vayamos enterando.
Y es que si el honor se junta con patrimonios hereditarios, el asunto desborda los versos, que ya son por sí mismos de métrica irregular.
La verdad es que no hubo tanto lío cuando en 1961, el último propietario del Poema de El Cid lo vendió a la Biblioteca Nacional. Debe ser que no es la misma cosa enredarse en negocios de las letras que de las armas. Se ve que las letras (salvo las de cambio) deben ayudar al entendimiento.
Y ello a pesar de que el texto literario se nos enseñó en el Bachillerato como de condición anónima (Menéndez Pidal le atribuye dos autores).
En fin, que Rodrigo Díaz de Vivar no consigue hallar reposo en su tumba ni tras haber despachado a los infantes de Carrión y a los almorávides. Y es que hay batallas (legales) que no es capaz de ganarlas ni El Cid después de muerto.