COMENZARÉ por hacer gala de mis conocimientos científicos y apelaré una vez más a la conocida teoría de la relatividad del difunto Einstein para concluir con el resumen más breve posible de la teoría mentada, expresado a la manera 'playa':
«Todo ye relativo, bobín».
Irrefutable.
Así se explica, un suponer, que a los políticos les preocupen tanto cuestiones que a no pocos de nosotros se nos antojan 'caxigalines': reforma estatutaria, oficialidad del bable, pactos para lograr el mayor número de cuotas de poder y canonjías...; mientras que el ciudadano pedestre, tan egoísta e insolidario él, se preocupa por los precios de la cesta de la compra, por los de las hipotecas o por tener contratos laborales fijos.
Caxigalina: «cosa ensin importancia, que tien pocu valor».
Pero, ¿ojo!, porque como afirmó ese filósofo de la obviedad en verso, llamado Ramón de Campoamor, «en este mundo traidor / nada es verdad ni es mentira, / todo es según el color / del cristal con que se mira».
Del bable al latín, y tiro porque me toca aunque sea por boca del gran poeta Ovidio:
«Parva necat morsu spatiosum vipera taurum».
O sea, que una pequeña víbora mata con su mordedura a un gran toro.
Lo bueno, si breve, dos veces bueno. Por algo bautizó Enrique Jardiel Poncela como 'máximas mínimas' algunas de sus reflexiones. Un par de ejemplos:
«La vida es tan amarga que abre a diario las ganas de comer».
«El espiritismo se inventó para ver si los médicos podían hablar con su clientela».
¿Y qué me dicen de las últimas palabras de un moribundo cachondo?:
«¿Morir, querido doctor? Eso es lo último que haré».
También este relato, escrito por un servidor a la manera de Augusto Monterroso, tiene cierta enjundia:
«Cuando Ovidio Sánchez despertó, Vicente A. Álvarez Areces seguía allí».
En fin, aunque la columna de hoy sea un batiburrillo de 'caxigalines' y de pequeñeces, espero que nadie la critique con acritud, que bastante trabajo me costó escribirla (casi tanto como convencer a mi señora de que el tamaño no importa).