AYER se enunciaba la relación que podría establecerse entre los futuros gobiernos de Canarias y Navarra como el punto clave del final de la legislatura. Y no porque el PP fuese a renunciar, en favor de los socialistas, a un entendimiento con CC en Las Palmas a cambio del apoyo socialista en Navarra a un gobierno de UPN, sino, al contrario, porque una coalición de CC con el PP enfurecería de tal modo al PSOE que le podría empujar a un pacto con Nafarroa Bai en el gobierno de Navarra. La susceptibilidad del PSOE aumenta estos días en forma directamente proporcional a la euforia del PP, y ello plantea en sus relaciones, siempre difíciles, nuevos puntos de fricción.
Entre los populares se abre paso la idea de que el 27-M ha sido el preludio gozoso de su victoria en las próximas elecciones generales, mientras los socialistas se lamen sus heridas de Madrid con la sensación de que en su partido, y en La Moncloa, algo funciona mal. Es probable que los socialistas estén en lo cierto, y es posible que los populares se dejen mecer en un optimismo desmedido. El hecho es que la dirección de Génova intenta amortiguar algunos daños sufridos por su partido en el escenario autonómico impulsando pactos de legislatura en Baleares con Unión Mallorquina para no perder el gobierno archipielágico. Y según denuncia la suspicacia socialista, ya se ha-bría en Canarias un pacto de legislatura para marginar al PSOE, que fue el partido más vo-tado.
La campaña electoral para las generales de marzo (o de este otoño) ya ha empezado en el PP, y un pacto del PSOE con la coalición soberanista Na Bai en Navarra podría servir a la artillería popular para disparar incesantemente andanadas contra un socialismo que se alía con independentistas declarados, por mucho que renuncien, como renuncian, a la violencia terrorista. El presidente Zapatero lo debe tener todo muy claro, pero no lo demuestra, por lo que una coalición entre su partido y Na Bai no se descarta, aunque se paga menos la apuesta por un apoyo pasivo de los socialistas navarros a un gobierno minoritario de UPN, al menos hasta las elecciones generales.
En negociaciones poselectorales todo parece lógico, excepto lo irracional, por lo que no es insensato creer que el PP estaría jugando al contrapeso entre Canarias y Navarra, pero con la intención de conducir al PSOE hacia una emboscada que permitiera mostrar ante el electorado la imagen popular como el símbolo de una España sin devaneos soberanistas. Falta saber, sin embargo, si Rajoy, que ahora vuela a lomos de los barones madrileños y valencianos, y muy especialmente de Ruiz-Gallardón, va a seguir con la estrategia de convertir grandes principios en imágenes de partido o si va a estudiar algún cambio en su discurso sobre terrorismo y la desintegración de la patria allí donde no han producido el menor efecto favorable.
Los barones madrileños tienen mucho que proponer y algo que exigir, y aunque la presidenta Aguirre maneje sus tiempos mejor que el alcalde Ruiz-Gallardón, éste bien puede decirle a Rajoy que, para rechazar sus ofrecimientos de apoyo, debiera haber conseguido previamente en el resto de España algún éxito parecido al que el alcalde ha cosechado en Madrid.