En una de sus acepciones, el 'Diccionario del español actual' de Manuel Seco et al. define la palabra 'fontanero' como «aquella persona que trabaja en las interioridades del poder y generalmente en la sombra, ocupándose de asuntos secretos o poco claros». Siempre he sentido fascinación por los entresijos del poder, es decir, por lo que se cuece de veras en la trastienda, más allá de cualquier 'leyenda urbana', sintagma trillado por estos lares. Pero esa fascinación se ha visto acompañada muchas veces de cierto desasosiego debido al aspecto patibulario de esos 'fontaneros'. Así, podemos citar ejemplos del pasado reciente como Juan Luis Cebrián, Juan Alberto Belloch, Juan Villalonga, Miguel Ángel Rodríguez y tantos otros. Yo no digo que estos caballeros sean unos delincuentes; sólo digo que lo parecen. Daría algo por acceder a sus cabezas y enterarme de lo que saben y de lo que han hecho. ¿Serán 'buenos' en el sentido machadiano? Nunca lo sabremos.
Miguel Ángel Rodríguez, del 'clan de Valladolid', con su particular voz de pito y su sonrisa cínica, haría a más de uno tener que controlar sus esfínteres cuando les amenazaba con meterlos en la cárcel. ¿Cómo será la vida de este hombre minuto a minuto? Tan caricaturesco que supera a su propia caricatura, el que ahora se presenta en los platós de televisión como periodista: ¿qué papel habrá jugado realmente en la primera etapa del PP? También le ha dado por la vena empresarial publicitaria en colaboración con 'Espe'. Ha dejado de ser fontanero-portavoz del Gobierno, pero vuelve Miguel Ángel; Miguel Ángel vuelve, más canoso. Estén atentos.
¿Y qué me dicen de Juan Alberto Belloch, ministro del Interior y Justicia por la gracia de Felipe González (que no ministro de Gracia y Justicia ; se entenderá más abajo)? Un superjuez contra otro superjuez, Garzón. Se ocupó de barrer debajo de la alfombra lo más que pudo a raíz de los escándalos de corrupción o los GAL, uno de los episodios del siglo XX español donde más campó el cinismo a sus anchas por el arco parlamentario. 'Guerra sucia', se decía por aquel entonces.
A Juan Villalonga, el telefonista, lo conozco menos. Es el del escándalo de las 'stock options', y me da muy mal rollo.
Juan Luis Cebrián es, con todo, el único que da la talla, puestos a comparar con Il Cavaliere Berlusconi o Don Vito Corleone, paradigmas glamurosos de la Cosa Nostra. ¿Que por qué me da mal rollo este señor? Porque se labró una trayectoria como brazo ejecutor del 'imperio Prisa', tal y como lo definió José María García; en otras palabras: que Cebrián fue el 'fontanero' de Polanco. A mí me llama la atención que ostente un asiento en la docta Academia. Controlar un medio de comunicación que genera tanta información -con más tacto que Pedrojota, todo hay que decirlo-, debe de facilitar contactos que permiten acceder a puestos de alto prestigio. Atildada pose de intelectual, escritor mediocre, ¿limpia, fija y da esplendor?
Hemos hecho un breve ejercicio de 'memoria histórica'. Pedagógico, ¿verdad? Ah, se me olvidaba mi paisano Paco Álvarez-Cascos, al que llegaron a comparar con un dóberman mientras que él, puesto a compararse con alguien, se puso al nivel de don Gaspar en la inauguración de la exposición 'Jovellanos, ministro de Gracia y Justicia'. No digo más, que igual anda cerca y me pega el ex ministro de Fomento , de Fomento de la crispación , y anda lejos mi primo, el de Zumosol. A lo peor me acusan de apología del terrorismo o de lo que se les antoje. Pondré cara de Bambi y aquí no ha pasado nada. No se mezcla con el vulgo.
¿Pertenecerá alguno a la masonería como Mario Conde? En cualquier caso, para ser un buen fontanero hay que disimular muy bien, y no sé si alguno de estos próceres gestores lo habrá conseguido