LA renuncia de Miguel Sebastián a su acta de concejal socialista en el Ayuntamiento de Madrid plantea, tanto por las circunstancias que rodean tal decisión como por las explicaciones dadas, la pregunta de qué se entiende por «asumir responsabilidades». No hay ninguna norma o pauta de conducta que obligue a alguien a asumir un papel de electo cuando considera que algo ha quebrado el compromiso adquirido al concurrir a unas elecciones. Pero tampoco parece congruente aceptar encabezar una candidatura en las condiciones en las que lo hizo Sebastián y protagonizar una campaña no exenta de momentos polémicos para apelar a los cuatro días de la jornada electoral a «principios» personales y despedirse «hasta siempre». Una incongruencia que afectaría al partido en su conjunto, tanto a los que situaron a Sebastián como candidato a alcalde como a quienes, tras el fracaso, le empujaron para que lo dejara todo. Porque, no hay que olvidarlo, su candidatura logró el domingo el favor de 486.826 madrileños que difícilmente se verán ahora mejor representados en el consistorio.
En ocasiones quienes se animan a participar en política olvidan que la democracia se rige por el sufragio ciudadano. Los sinsabores electorales son la constante con la que todo político tiene que convivir. «Asumir responsabilidades» no significa necesariamente dimitir tras un revés electoral. También puede demostrarse que se sabe perder ejerciendo con humildad la función asignada por las urnas. Porque un candidato no puede dirigirse a los ciudadanos con el mensaje de «o me elegís de alcalde o no pienso quedarme como concejal». Todo ello da la sensación de que los ayuntamientos son ocupados por quienes no quieren o no podrían aspirar a un papel más relevante. Además de desacreditar la tarea de oposición y, en la misma medida, a la propia institución a la que se aspiró a representar.