Se llaman María Pilar Bautista y José María Llames. Tienen respectivamente 68 y 73 años, son matrimonio y llevan residiendo siete lustros en Gijón, aunque sus raíces las tiene ella en Pola de Laviana y él en Sotrondio. Su historia de 'emigración' a corta distancia no difiere mucho de las más de 20.000 personas censadas, originarias de las cuencas del Caudal y del Nalón, que reside en la villa de Jovellanos. Una colonia que mañana celebrará en la playa del Arbeyal, a partir de las doce del mediodía, un encuentro de amistad y confraternización donde poder compartir recuerdos y experiencias vitales.
Mari, como la conocen a ella, y Chucho como le llaman familiarmente a él, se conocieron «en los bailes de verano» que se celebraban en Laviana y que ambos frecuentaban en sus tiempos mozos. En el municipio de Mari empezaron a salir como novios, se casaron y tuvieron a su único hijo, Juan Manuel. Por aquellos años el matrimonio era «muy feliz» en la cuenca del Nalón y no podía atisbar la mudanza familiar que estaba por llegar. Hasta ese momento, Mari era la única que había estado en alguna ocasión de veraneo en Gijón siendo adolescente. «Una vez al año veníamos con una tía soltera en tren y soportábamos barullos y odiseas para ir a la playa de San Lorenzo y merendar en Casa Rato, en la calle Corrida», rememora Mari, hija de un trabajador de la mina Coto Musel y de la central térmica de La Felguera.
Una buena oportunidad laboral para Jose María, en la Cooperativa Farmacéutica Asturiana (Cofas), a través de un cuñado, fue la que ligó a Gijón el destino de la pareja y su hijo por aquel entonces de seis años. Corría el año 1972 y el marido había probado suerte con un negocio de ferretería en El Entrego que no cuajó después de varios años trabajando en una empresa de perfumería y papelería.
El porvenir profesional acabó decantando el peso de la balanza, pero la decisión de cambiar de lugar de residencia fue en un primer momento traumática. Mari lo explica. «Nos costó mucho venir a Gijón. Laviana ye especial. La cuenca minera no es guapa en sí y vista desde la carretera a veces asusta, pero llegando a Laviana el terreno se vuelve más abierto. Además, el ambiente era allí todo el año una maravilla. Estaban los bailes, las actuaciones de la banda de música, los partidos de rivalidad cuando el Real Titánico jugaba en Tercera División...».
Durante una primera etapa, para mitigar la sensación de desarraigo sobre todo de él, la familia realizó muchos kilómetros en autobús, en El Arrojo, con trasbordos en Sama de Langreo, para coger El Carbonero, incluidos, para pasar todos los fines de semana en su casa de Pola de Laviana. Así fue hasta que consiguieron aclimatarse al paisaje y el paisanaje de la nueva urbe que los acogió y que hoy en día sienten como «propia». «Nunca nos pesó haber venido; esa es la verdad», certifica esta dicharachera lavianesa.
El primer barrio en el que residieron, El Llano -en la calle de Juan Alvargonzález-, consiguió vencer sus reticencias iniciales. «La playa y las cuñadas» también pusieron de su parte para imbuirles poco a poco del espíritu playu. La boda de su hijo, de profesión veterinario, en la ciudad les ganó definitivamente para la causa gijonesa. Con el tiempo han cambiado las tornas y, quién lo iba a decir, cada vez viajan menos hacia sus raíces, a las que no obstante siguen venerando. «Ahora nunca nos iríamos a vivir allí», aseguran.