Domingo, 3 de junio de 2007
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GIJÓN

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«Emociona ver tanta gente»
El teniente Campelo, participante en el simulacro, relata a EL COMERCIO los pormenores del operativo desde una embarcación de asalto
«Emociona ver tanta gente»
DESEMBARCO. En primer plano, una de las naves semirrígidas de asalto con las fuerzas de reconocimiento apuntando al objetivo. / SEVILLA
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Jesús Campelo Gaínza es teniente de Infantería de Marina y ayer participó junto a sus compañeros de la Armada en la toma de la playa de San Lorenzo para rescatar a un grupo de rehenes. Formó parte de la compañía de embarcaciones de asalto, que hizo su aparición en la bahía gijonesa inmediatamente tras los paracaidistas zapadores.

Para este gaditano de 33 años es su segundo simulacro dentro del Ejército. El primero en el que tomó parte se desarrolló en Sevilla, en el río Guadalquivir, pero «con mucho menos público que en Gijón».

El día D arrancó para este militar a las siete de la mañana con el toque de queda en el buque de asalto anfibio 'L-52 Castilla'. Tras el tiempo de aseo y desayuno, el teniente Campelo inició la preparación de su embarcación, conformada por cinco tubulares estancos y un casco rígido. 640 kilos de nave de asalto que lleva dos motores incorporados, GPS y alcanza sobre las olas una velocidad de 25 nudos (25 millas por hora).

En total se desplegaron en San Lorenzo media docena de embarcaciones de ese tipo, cada una con un patrón que la gobierna y un auxiliar/nadador de salvamento como dotación básica. A Jesús Campelo se le encomendó desarrollar una misión consistente en transportar y dar cobertura a las fuerzas de reconocimiento del segundo batallón de desembarco, que a su vez debían establecer fuera del agua la primera línea de seguridad terrestre en la playa, manteniendo a raya a los objetivos enemigos. El militar andaluz viajó en una embarcación como auxiliar y segundo jefe de su compañía tras el capitán Romero Machín.

Tras revisar las naves y los equipos de la dotación de cada embarcación, llegó el momento de pasar revista a las fuerzas de reconocimiento que se iban a embarcar. En total cuatro efectivos por unidad. Según explica el teniente de infantería marina, ese procedimiento sirve para cerciorarse de que cada militar involucrado en la misión lleva en regla su equipamiento de chaleco salvavidas, chaleco táctico, traje seco, fusil y casco.

Tras ese protocolo los soldados embarcaron, fueron depositados en la mar con la ayuda de una grúa e iniciaron su aproximación a la zona de espera. Eso se produjo aproximadamente a las 11.30 horas de la mañana. La zona de espera de las naves de asalto fue para las unidades guiadas por el teniente Campelo justo a la altura del cerro de Santa Catalina. Hasta el momento de encarar la arena de la playa y entrar en combate -la hora H estaba fijada para las 12.30 del mediodía- las embarcaciones fueron calentando motores navegando en círculo.

Una vez que las unidades de asalto se adentraron en la bahía por los canales establecidos, Campelo vio una estampa que dice que le llamó mucho la atención a título personal. «Emociona ver a tanta gente. Estaban repartidos por las rocas debajo de la iglesia de San Pedro, el cerro y por el paseo marítimo en toda su longitud. Dos tercios de la arena, en cambio, estaban vacíos y un tercio a rebosar de personal civil», narra el militar gaditano.

Móviles fuera de juego

Todas las embarcaciones iban enlazadas por radio, para ir recibiendo órdenes, con unos equipos de comunicación provistos de un sistema denominado de salto de frecuencia. Este sistema evita que las conversaciones entre militares se puedan interceptar, pero también dejó sin operatividad todos los móviles en la zona del Muro mientras duró la exhibición aeronaval.

Preocupaba de antemano el estado de la mar, pero ayer, durante la demostración, el oleaje del Cantábrico se comportó en marea baja. El paso siguiente fue el varamiento de las naves y el desembarco en tierra de la sección de reconocimiento. Una vez que la fuerza embarcada se colocó con el fusil en posición sobre la arena, la dotación procedió a apagar los motores y mantener las unidades de transporte en situación de proa o quilla a la mar.

Durante cerca de 20 minutos la compañía del teniente Campelo observó desde sus posiciones las secuencias aéreas y navales que presenciaron también miles de gijoneses y visitantes. «La coordinación es muy importante. Los Harrier y F-18 te pasan encima simulando ataques a tierra, pero a pesar del estruendo tú estás tan metido en la misión que ni te enteras», confiesa.

Una vez rescatados los rehenes y rendido el enemigo, las unidades iniciaron su repliegue. Dos soldados seguían apuntando y otros dos ayudaron a la dotación a ir metiendo la embarcación mar adentro. La misión no se dio por concluida hasta que las naves fueron izadas de nuevo a su barco nodriza. Allí tocó endulzar la nave utilizada (quitarle el salitre con agua dulce) y limpiar los fusiles y equipos de comunicación.

 
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