Lunes, 4 de junio de 2007
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La higuera
HOY hablaré de la última e inquietante novela que he leído, una historia que aún tiene clavadas sus raíces en mi alma con una presencia que se mantiene viva por más que no quiera o no pueda pensar en ella.

'La higuera', de Ramiro Pinilla, me ha llenado de zozobra. No por los asesinatos de los falangistas en los pueblos recién conquistados por los fascistas, ni por la frialdad del tiro en la nuca a los presuntos 'rojos', 'republicanos' o posibles enemigos del amanecer que Franco y José Antonio habían diseñado para una patria democrática que tan poco les gustaba. Estas y muchas otras historias son espeluznantes. Pero la atmósfera de 'La higuera' constituye su paisaje, más envolvente aún que el propio paisaje de Getxo donde Rogelio Cerón, sin saberlo nunca, tomará conciencia de lo que está haciendo a través de la mirada del hijo de uno de los asesinados por él.

Lo más inquietante de esta historia que transcurre a la sombra y al ritmo del crecimiento de una higuera es la convicción de Rogelio de que no ha abandonado sus ideas, ni le parece estar arrepentido de sus crímenes, que juzga como acciones de guerra necesarias para limpiar la patria, y sin embargo dedica su vida a cuidar de la higuera como si hubiera recibido un mandato del más allá a través de la mirada de este chico de diez años. ¿Cree de verdad Rogelio que está en peligro?

Y, extrapolando esa convicción, ¿sabemos nosotros por qué tantas veces nos empecinamos en dar sentido a un acto que si bien por una parte destruye nuestra vida pasada, por la otra da sentido a esta nueva y absurda decisión? Como si en el interior de nosotros mismos hubiera un sexto sentido que nos está vedado conocer, oler u oír, que nos dicta lo que debemos hacer y el pretexto que tenemos que darnos a nosotros mismos para justificar lo injustificable.

La mirada del artista sobre el mundo, sobre sus semejantes, sobre los conflictos que nos agobian y las dulzuras que nos consuelan, sobre nuestra historia y nuestro pasado, necesita de la palabra para manifestarse. Sólo ella logra enfrentarnos a una historia cargada de dolor y de sombras, y sobre todo de contradicciones en los aspectos más fundamentales de nuestra vida.

Sí, ya sé que los que no aman la lectura creen de veras la frase tantas veces repetida: «Vale más una imagen que mil palabras».

Sin embargo, por más que pienso no logro adivinar qué imagen me pondría frente a un conflicto de conciencia y de ética tan cargado de pretextos que esconde la verdadera dimensión del dolor.

 
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