QUIZÁ lo que le falte a nuestra comunidad sea una política de ruptura con todo lo anterior. Algo así como lo que hizo Sarkozy en Francia cuando dijo: «Hay que terminar con el espíritu de Mayo del 68». Recién terminadas las elecciones bueno sería hacer la siguiente reflexión: nuestro modelo está exhausto. La Asturias que conocemos ha basado su recuperación en asentar pilares sobre lo público. Los fondos (ora estatales, ora europeos) han sido la medicina con la cual no sólo se han conseguido infraestructuras, sino también sostener buena parte del empleo que se creó. Sin embargo, como decía, no cabe pensar que se pueda seguir así muchos años más. No es defendible que tengamos a nuestros políticos como meros gestores del dinero recibido sin otra estrategia que conseguirlos, sin otro compromiso mayor que el de gastarlos. Si Asturias quiere, de verdad, incorporarse al tren de las regiones que más crecen, tendrá que empezar a aceptar que eso no lo va a conseguir a base de tirar de la intervención administrativa en la economía. Más bien, digo, se impone un cambio de cultura hacia lo privado, hacia ceder la iniciativa al empresariado sin recelos ni cortapisas.
Está claro que nuestra gran asignatura pendiente es ver a la empresa privada como algo normal, como generadora de oportunidades y no como una amenaza constante. Ha sido así para alguna de nuestras grandes empresas (Aceralia, verbigracia), mientras que las que han seguido manteniendo el esquema de lo público (astilleros y Hunosa) continuaron con tremendas dificultades. El ejemplo español debería servirnos de acicate. Siempre se ha dicho que el objetivo a perseguir es lograr equiparar nuestros parámetros macroeconómicos con la media del país. El alto crecimiento de la economía española durante estos años se debió básicamente a que la iniciativa privada tomó la manija hasta situarla en niveles por encima de un 3%, cosa que, siguiendo el modelo asturiano, sería imposible de alcanzar. Creer que el futuro va a continuar siendo igual de amable con nosotros es engañarnos. Primero, porque el dinero llovido del cielo está a punto de acabarse y segundo, porque, si no aprovechamos esta bonanza empresarial para que la misma se traduzca en inversión y riqueza, estaremos desaprovechando buena parte de las posibilidades futuras de crecimiento.
La Asturias que se nos presenta para este periodo tendrá que hacer más con menos. Más crecimiento económico con menos fondos públicos. El reto es interesante y desconocido para nuestros gobernantes. Están acostumbrados, como dije, a solucionar nuestros problemas a base de intervencionismo y eso, en una economía moderna, representa un mal que luego resulta difícil de eliminar. El que nazca un empresariado independiente de la clase política y no acomodado como sucede en la mayoría de las ocasiones, se hace complicado si los primeros van a seguir marcando el camino que deben recorrer los segundos.
Comenzaba este artículo reclamando una nueva hoja de ruta para este nuevo periodo, pero también reconozco que las urnas no lo han querido así. Prácticamente, con resultados clavados a los del 2003, la política continuista con nuestro actual modelo hará que sigamos desaprovechando oportunidades de cambiar esquemas hacia la modernidad. Si, como es preceptivo, se vuelve a reeditar el pacto de gobierno conocido hasta ahora, la consigna hacia lo público seguirá intacta. Conservada como el Santo Grial que nadie se atreverá a tocar. Podremos, si cabe, mejorar la situación, pero no desde luego sentar las bases de una economía de mercado fuerte. Quizá, y sólo digo quizá, la frase que me gustaría oír algún día de un político asturiano sería: «El espíritu de la reconversión ha terminado». Aunque, sinceramente, no me parece que vaya a ser de ésta...