RESULTA que el famoso 'reality-show' holandés que iba a sortear un riñón ha terminado siendo una ficción publicitaria. Sitúese: cadena holandesa BNN, una enferma terminal ofrece donar un riñón, tres enfermos renales compiten por ver quién se lo lleva. Escándalo, polémica, intervención de poderes públicos. Finalmente, la cadena lo aclara todo: la enferma donante era una actriz y el ruidoso anuncio era una estrategia publicitaria para animar a la población a que done sus órganos. ¿Verdad? ¿Mentira? Cuando alguien te engaña una vez, la segunda no puedes estar seguro de que diga la verdad. En todo caso, no habrá competición de enfermos por la víscera. Hay quien ha respirado aliviado después de saber que todo era una añagaza publicitaria. Yo creo exactamente lo contrario. Hasta ahora, lo que teníamos delante era que una cadena de televisión y una productora habituadas a llevar las cosas demasiado lejos daban un nuevo paso adelante en un camino que ya conocíamos. Lo que tenemos a partir de este momento, por el contrario, es realmente grave y además nos mete en una dinámica de consecuencias imprevisibles: ya no estamos ante el habitual atentado contra la dignidad humana, ofensiva ésta a la que aún sabíamos cómo responder, sino que ahora hemos de enfrentarnos a la desaparición absoluta del criterio de veracidad en las estrategias de la pantalla. Si alguien te quiere robar la cartera, sabes lo que has de hacer: defender tu derecho a la propiedad. Pero si lo que te ocurre es que aparece un caco, te dice que te va robar la cartera, tú te pones en posición Bruce Lee y, en el trance, el caco se quita el disfraz, te dice que es un policía y que todo es en realidad una broma de cámara oculta, entonces: a) Se te queda cara de imbécil, b) El derecho que ibas a esgrimir queda convertido en algo menor y como desdeñable, c) El autor de la broma se te ríe en las narices y aún tienes que dar las gracias porque todo era un chiste. Las opciones a), b) y c) se te acumulan en el vientre, y a esas alturas ya no sabes si prender fuego a la sede de la BNN, por chulos, o marcharte a tu casa con la cabeza cubierta por la gabardina y decidido a no salir más ahí fuera, donde el peligro televisivo acecha. ¿Quién se ha creído la BNN que es para tomar el pelo a la gente? Alguien dirá que esto es como lo de Orson Welles y los marcianos radiofónicos. Hay una diferencia: entonces una invasión marciana era inverosímil; hoy, por el contrario, es verosímil que la tele rife un riñón.