LA cosa comenzó cuando Sibila, la bruja de El Natahoyo, manifestó haber conocido a un colega tan soberbio que cuando erraba en sus vaticinios argüía que se había equivocado el destino:
-Tan pagado de sí mismo estaba -añadió-, que al pronunciar la palaya 'yo' se quitaba el sombrero. Pero era capaz de alcanzar cotas aún más demenciales, como en ocasión de decirle a uno que le llevaba la contraria: «¿Cuando hables conmigo, tu te callas!».
El segundo turno fue para el historiador Polibio de Peñamellera Alta:
-Tu colega se creía el rey de los adivinos, pero reyes reales hubo que llegaron a más altas cimas de soberbia. Por ejemplo, los de Birmania se titulaban como «rey de reyes al que obedecen todos los demás príncipes, regulador de las estaciones, director omnipotente de las mareas, hermano menor del sol y propietario de las veinticuatro sombrillas».
-¿Dios! -exclamó un sorprendido oyente.
-Trátame de tu, amiguín -respondióle un sonriente Polibio antes de continuar-: Y si lo de los birmanos os parece exagerado, los príncipes de Sumatra no se quedaban atrás, pues cada uno de ellos se intitulaba como «señor del universo cuyo cuerpo resplandece como el sol, a quien dios ha creado tan perfecto como la luna llena, cuyos ojos brillan como la estrella polar, y que al levantarse proyecta su sombra sobre todos sus dominios, y sus pies huelen dulcemente », etcétera , que me falla la memoria para tantos títulos.
-Soberbia es, por excelente en este caso, la reflexión reflejada en la expresión latina 'homo homini deus', o sea que el hombre es un dios para el hombre. Y es que, como afirmó mi colega alemán Feuerbach, nuestra soberbia nos lleva a crear dioses a imagen y semejanza del hombre -dijo el escolástico elástico Tomás de Aquisí. Finalmente, el rapsoda Monchu el Liras declamó esta fábula de Samaniego titulada 'El asno cargado de reliquias':
-Cuando un hombre sin mérito estuviere / en elevado empleo o gran riqueza, / y se ensoberbeciere / porque todos le bajan la cabeza, / para que su locura no prosiga / debe encontrar la voz de quien le diga: / señor jumento, no se engría tanto / que, si besan la peana, es por el santo.
¿Que columna más soberbia!