Heiligendamm se convirtió ayer, por arte y magia de la cumbre del G-8, en un balneario prohibido. Todas las carreteras de acceso al hermoso centro de salud ubicado a las orillas del mar Báltico quedaron cerradas al tráfico y una imponente valla de acero coronada de alambres de espino, vigilada por cientos de policías con tanquetas blindadas, carros lanza-agua y perros, cierra el paso al idílico lugar.
Está aislado del mundo, como lo estuvo alguna vez la Ciudad Prohibida en Pekín. En todos los letreros de las carreteras su nombre está cubierto por una expresiva cruz que invita a escoger un nuevo camino. «Los agentes se preparan para todo y no dejarán pasar a nadie», explicó ayer uno de los chóferes encargados de transportar a periodistas desde la estación de ferrocarril de Bad Doberan hasta el centro de prensa internacional ubicado en la vecina Kühlungsborn.
El aislamiento también afecta al puerto de Rostock, la ciudad más próxima a Heiligendamm. Parece desierta, aunque la presencia de blindados policiales en todas partes aventura la idea de que sus calles pueden volver a convertirse en escenario de una batalla campal como la que tuvo lugar el sábado, cuando unos 2.000 jóvenes se enfrentaron a las fuerzas de seguridad con una violencia que dejó más de cuatrocientos agentes heridos. Después del fin de semana más violento que haya vivido Rostock, quizás en toda su historia, la Policía está en todas partes, incluso en los trenes de cercanías que llegan a la estación. Un pequeño ejército de agentes controla a los pasajeros que viajan desde Berlín al puerto. «Nunca antes habíamos visto algo parecido», dice un chófer de taxi, convencido de que las medidas de seguridad no impedirán una nueva batalla campal. «El jueves puede ser el peor día».
Una ciudad desierta
Ayer las principales arterias ofrecían un aspecto desolador, al igual que la vieja plaza del mercado, totalmente vacía. Los vendedores de frutas, cecinas y pescado ahumado optaron por quedarse en sus casas. Una calma que anuncia tormenta. «Ha sido una jornada demasiado tranquila», comenta una comerciante, que desafió el peligro y abrió su pequeño puesto de frutas. «Todos se han ido a Laage a esperar a Bush». Allí está ubicado el aeropuerto de Rostock y varios cientos de manifestantes se dieron cita en los alrededores de la terminal para recibir a su manera al presidente de Estados Unidos, que llegó anoche a la región.
Pero Bush no tuvo tiempo para escuchar el tradicional 'Go home' que gritaban los antiglobalistas. Junto a su esposa Barbara, nada más descender del Air Force One, abordó un helicóptero que los llevó hasta el 'balneario prohibido', alejado de las protestas y de los periodistas. Bush y la anfitriona del encuentro, la canciller alemana, Angela Merkel, almorzarán hoy en Heiligendamm. Será el encuentro que abrirá la cumbre del G-8.
Entonces se inicia oficialmente la reunión de las ocho naciones más poderosas del mundo, y también para mañana está convocada en Rostock una gran marcha de los colectivos contrarios a la globalización. Incluso en la ciudad corre el rumor de que el NPD, el partido neonazi, se prepara para marchar por las calles del puerto,
Mientras las autoridades se preparan para lo peor, ayer se inició una cumbre alternativa, con la participación de organizaciones tan diversas como Greenpeace, Amnistía International, Oxfam y grupos religiosos. Aparte de denunciar en decenas de talleres de trabajo el militarismo, las guerras y la indiferencia de las potencias en temas como el medio ambiente, el clima y la energía, los organizadores asimismo desean condenar los actos de violencia que protagonizaron los llamados 'autónomos' el sábado y domingo pasado. «Buscamos el enfrentamiento con palabras y no con piedras», dijo el coordinador de Greenpeace, Karsten Smid.