Miércoles, 6 de junio de 2007
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El amigo Vladimir
«Vladimir -así le llamo yo, Vladimir-, nada debes temer del sistema anti-misiles ( ), ¿por qué no cooperas con este sistema?», se preguntó Bush en público ayer en Praga refiriéndose a la acerba reacción del presidente Putin contra el eventual despliegue en Polonia y Chequia de instalaciones destinadas a hacer frente a un eventual ataque de Irán y/o Corea del Norte contra 'blancos europeos' (sic).

El amigo Vladimir irá a primeros de julio a pasar un par de días con la familia Bush en su residencia veraniega de Maine, privilegio reservado a poca gente y que supone que el viejo Bush andará por allí cerca y, si se le pide, dará alguna opinión al respecto, aunque hasta ahora, juiciosamente, no ha pretendido, que se sepa, asesorar a su hijo en asuntos internacionales sobre los que él habría sido más cauteloso.

Las frases del principio son parte del discurso elaborado en Washington para contrarrestar la viva oposición del Kremlin al despliegue del escudo antibalístico en suelo de la vecindad rusa donde, además, se abren bases militares estadounidenses permanentes. Putin llevó a un extremo inesperado su crítica al decir al semanario 'Der Spiegel' que si todo sigue así Rusia deberá seleccionar blancos para sus propios misiles en Europa.

La potencial amenaza de cohetes iraníes sobre Europa occidental fue descrita en Teherán como el chiste del año y Putin dijo que tales cohetes no existen (no con su radio de acción presente, sería más preciso) y parece que la opinión europea no percibe tal amenaza desde un régimen cuyas preocupaciones de seguridad son regionales y se expresan en el marco de los Estados árabes sunníes e Israel.

La polémica se anima con el hecho de que, además, las opiniones públicas de Chequia y, en menor medida de Polonia, pero en ambos casos por mayoría clara, no aprueban el despliegue, aunque agradezcan en general la pasada conducta americana en los días amargos de la guerra fría y los regímenes comunistas en Praga y Varsovia.

Sea como fuere, la polémica contamina la inminente cumbre anual del G-8 y complica las cosas a ciertos gobiernos que preferirían más diálogo y un punto de equidistancia, sin excluir al alemán o, al menos, al factor social-demócrata del mismo. El G-8 (donde está Moscú) no va a volcarse sobre la crisis, percibida como bilateral en la versión Moscú-Washington o Moscú-OTAN pero resulta que todos los occidentales reunidos son miembros de la Alianza Atlántica.

 
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