QUE soy mortal y vanos mis despojos, / sombra oscura y delgada, polvo ciego. Los cansados huesos de Quevedo han sido hallados en una iglesia de Villanueva de los Infantes, la de San Andrés, una iglesia con porte y hechuras catedralicias, monumento que le reservaron las azadas de la hora y el momento a jornal de su pena y su cuidado. Había nacido y vivido en Madrid, en lo que hoy llamamos Barrio de las Letras, un espacio que en la primera mitad del siglo XVII albergaba la mayor concentración de genios literarios de toda Europa. Azares de su agitada vida le llevaron al final de sus días a un obligado retiro en su señorío de Torre de Juan Abad, y de ahí al convento dominico de Villanueva. Aunque convertido hoy en hotel, aún puede verse su celda y la habitación donde murió un día de setiembre de 1645. Entre el relativo lujo de los muebles, propio de una persona acomodada, cuelga de una de las paredes el soneto más impresionante que cabe leer sobre la conveniencia de aprovecharse del conocimiento de la muerte: Ya formidable y espantoso suena / dentro del corazón el postrer día, / y la última hora, negra y fría, / se acerca de temor y sombras llena.
Era miope, estevado y algo cabezón. Era también misógino, oportunista, contradictorio, escéptico y mordaz. Sufrió prisión -como Cervantes, Fray Luis, Mateo Alemán o San Juan de la Cruz- aunque nunca quedaron claro los motivos. Y era, ante todo y sobre todo, poeta. Un enorme poeta, incluso cuando insultaba, y que no me oigan Góngora o Ruiz de Alarcón. Borges lo definió en breve frase: «Quevedo es menos un hombre que un universo literario».
En Quevedo, el conceptismo literario, resaltado aún más por el contraste con el culteranismo gongorino, alcanza su expresión más depurada. Por sus versos corre de forma continua la sorpresa conceptual, provocada por la asociación de dos ideas lo más distantes posible; no se exponen tesis envueltas en ropajes que pretendan cautivar por su estética externa, sino que se sugiere un significado profundo a través de imágenes concisas y sorprendentes. El idioma se vuelve maleable hasta lo increíble, la palabra parece puesta ahí simplemente porque no puede ser otra, y el concepto aparece esplendoroso bajo ella como una revelación luminosa para el lector. Nada puede suprimirse, porque hasta el más leve elemento está cargado de significado, y todo ello con una cohesión de ritmo y sintaxis que alimenta la emoción poética de su lectura. Nadie como este malformado mosquito trompetero ha puesto ante nuestros ojos de forma más bella el eterno problema de la vida y la muerte, del misterio del tiempo, de la futilidad de los anhelos, del amor. Siempre con un portentoso dominio de los registros, desde la poesía burlesca hasta la lírica más elevada y desde la realidad más vulgar hasta los recintos donde se cobijan las inquietudes del hombre. No lo sabrá, pero sí que supo su llama nadar el agua fría del tiempo y perder el respeto a la ley severa del olvido.