Jueves, 7 de junio de 2007
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«Tengo más de mil razones para vivir»
José Manuel Peláez, el trasplantado de riñón número mil del Central y que disfrutaba ya de un implante hepático, se muestra «eternamente» agradecido a sus donantes «Bajo tierra, los órganos no sirven para nada», dice para tratar de aumentar las cesiones
«Tengo más de mil razones para vivir»
JUNTOS. A la derecha, José Manuel Pelaéz Álvarez, trasplantado renal número mil, junto al gijonés José Manuel Fermoselle, que recibió el implante de riñón 999. / MARIO ROJAS
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«En un desierto todos los granos de arena son importantes. Lo mismo ocurre con los trasplantes de órganos que sin los donantes no serían nada». De esta manera tan poética, José Manuel Peláez Álvarez, el asturiano que el pasado viernes se convertía en el trasplantado renal número mil del Hospital Central, hablaba de la fortuna de «haber recibido el riñón de otra persona», un «regalo» que le permitirá abandonar la diálisis a la que se sometía desde hace año y medio y hacer «lo que mejor se me da, seguir viviendo».

A sus 72 años, el hecho de ser el trasplantado número mil no le quita el sueño: «Eso es importante para vosotros, los periodistas, a mí me sabe igual ser el mil que el 200», afirmaba desde la habitación del complejo sanitario en la que permanece ingresado y que posiblemente abandonará este viernes, apenas una semana después de la intervención.

Pero aunque José Manuel huye de las cifras, éstas le persiguen. Y es que este ovetense es un trasplantado por partida doble. En 1992 «ya tuve la suerte» de recibir un hígado «que me permitió seguir adelante». Fue el trasplantado renal número 23 del hospital cántabro de Valdecilla (en aquellos años aún no se practicaban implantes hepáticos en Asturias). ¿Qué diferencias encuentra entre aquella operación y la del pasado viernes? «Uy, muchas. En el 92 fue como recibir el bólido de Fernando Alonso», responde refiriéndose a la complejidad del recambio de hígado, «mientras que la de ahora fue como la de un coche de juguete».

Pero hay otros contrastes que José Manuel apunta, como el hecho de que hace quince años, tras el trasplante hepático, «tuve que permanecer 132 días ingresado». Una estancia hospitalaria que sorprende si se la compara con los escasos siete días de convalecencia que afrontará ahora. «Esto ha cambiado mucho», relata desde su dilatada experiencia como paciente, «ahora va todo mucho más rápido».

José Manuel -al que ya le dejan comer tortilla «y le cuidan y miman en extremo», confiesa su mujer Olga- tiene muy claro por dónde deben empezar sus agradecimientos: «Por los donantes, sé que gracias a ellos estoy vivo», responde. Este ovetense no olvida sus años de actividad en la Asociación de Trasplantados Hepáticos de Asturias, de la que fue socio fundador y llegó a ejercer de secretario. Así, aprovecha que ayer se conmemoró el Día del Donante para recordar a los familiares de personas fallecidas que «bajo tierra los órganos no sirven para nada. Autorizar una donación es una decisión muy dura y dificil, pero los órganos de un donante puede salvar la vida de siete personas».

A la cuarta, la vencida

Lo cierto es que en la planta en la que se encuentra José Manuel se vive un clima especial. No sólo porque por allí han pasado ya en los últimos 24 años mil trasplantados renales, como ayer apuntaban enfermeras, auxiliares y celadores, sino porque este mítico enfermo comparte habitación con otra figura: el trasplantado de riñón 999. Se llama también José Manuel y se apellida Fermoselle. Es natural de Carrizo, en León, aunque reside en Gijón desde los cinco años. En la noche del pasado viernes entró al quirófano apenas dos horas antes que su tocayo y se quedó a las puertas de ser el número mil. «Mejor así, ya que si no tendría que haber esperado unas horas más para la operación y con los nervios que tenía...».

Y es que no era la primera vez que este mecánico, de 55 años y en diálisis desde 2006, acudía al Hospital Central para un trasplante. «Ya me habían llamado otras tres veces en las que, al final, me tuve que ir para casa». Pero en la medianoche del 1 de junio, a la cuarta, fue la vencida. José Manuel Fermoselle no se marchó de vacío y pasó a la historia de la medicina regional como el trasplantado 999.

Si hay algo que rezuman los dos 'José Manueles' es confianza en el hospital y «en todos los que hacen posible los trasplantes. Desde el primero hasta el último. Este es el resultado del trabajo de muchísimas personas», dice Peláez, que confiesa acumular muchos más de mil motivos para vivir: «Tengo mil razones por cada dedo de la mano».

lfonseca@elcomerciodigital.com

 
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