Sábado, 9 de junio de 2007
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Diez años de Otegi
El portavoz abertzale pasó de ser la nueva sensación de la política vasca a secundar de gregario los dictados de ETA
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Hace diez años, el 26 de febrero de 1997, Arnaldo Otegi se descubrió por vez primera como un parlamentario temible al protagonizar un enfrentamiento extremadamente duro con el entonces consejero de Interior, Juan María Atutxa, bestia negra de la izquierda abertzale. Fue el primer destello político singular de Otegi que hasta entonces sólo podía exhibir una biografía discreta: antiguo miembro de ETA político militar que, formando parte de la facción "miliki" (apenas una veintena de integrantes), se pasó a ETA militar en 1984 tras hacer autocrítica pública; expulsado de Francia en 1987, condenado a seis años de prisión y puesto en libertad definitiva en 1993.

Su gran oportunidad política se la ofrecieron los jueces en 1997 cuando fue encarcelada toda la Mesa Nacional de HB por ceder a ETA su espacio de propaganda electoral en televisión. Hubo que elegir de pronto otra cúpula y al frente de la nueva Mesa apareció aquel parlamentario brillante que en varias ocasiones se había medido con Atutxa demostrando una gran capacidad para el debate dialéctico y la oratoria.

Arnaldo Otegi fue el descubrimiento político del año 1998 tanto para las bases de Batasuna, que se enamoraron de aquel joven dirigente de verbo fácil y fogoso, como para el resto de la sociedad. Fueron los tiempos del Pacto de Lizarra, la tregua de ETA, el éxito de las autonómicas de octubre y el pacto parlamentario con el PNV y EA. El nuevo líder se convirtió en el político más reclamado por los medios de comunicación, nacionales y extranjeros, que se lo rifaban. Pero no eran sólo los periodistas: lo buscaban también las universidades, los foros de opinión, los políticos adversarios. Hasta el selecto Círculo de Empresarios Vascos lo sentó a su mesa apenas seis años después de haber cumplido condena por secuestrar a un industrial alavés.

Enseñó a Josu Ternera los secretos del voto electrónico cuando creían que el Pacto de Lizarra se comería el mundo. Fueron tiempos enfebrecidos y, llevado por la calentura, Otegi anunció que en el año 2000 Euskal Herria celebraría la independencia. El espejismo duró año y medio, hasta que ETA volvió a matar. El líder brillante se convirtió, de pronto, en un dirigente más de Batasuna que secundó gregario los dictados de ETA sin levantar la voz frente a los designios asesinos. A la hora de la verdad, Otegi se reveló como uno más de esa estructura mesocrática que ha gobernado Batasuna sin tolerar tenores solitarios.

Fracasado el intento de arrastrar al nacionalismo institucional, Otegi se propuso buscar un acercamiento a los socialistas vendiéndoles la idea de un acuerdo de izquierdas que pudiera echar del poder al PNV, una vez solucionado ese molesto problema del terrorismo. En una Euskal Herria unida, los socialistas sería mayoría y ellos, los de Batasuna, gente de izquierdas, pactarían más a gusto con el PSE que con el PNV. A fin de cuentas su propio abuelo, el de Otegi, también era socialista.

Alguno hubo en las filas del PSOE al que se le alegraron los ojillos al oír estos mensajes, pero en la izquierda abertzale la última palabra, como siempre, la tiene ETA y los etarras no son gente de cortejos sinuosos y enrevesados. Son más bien de los de aquí te pillo, aquí te mato. En efecto, ETA ha vuelto a matar y ha tirado por tierra todos los planes. Y a Otegi, que tenía sobre su cabeza la espada de Damocles de la Justicia, lo han vuelto a encarcelar. Los jueces lo ascendieron a la cumbre y los jueces lo bajan de la peana diez años más tarde.

 
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