Ligeramente recordado a través del cine ('Carta de una desconocida', adaptada por Max Ophüls en 1948) y por sus documentadas y hermosas biografías, como la de Balzac, el austríaco Stefan Zweig es autor de 'El mundo de ayer. Memorias de un europeo', sobrecogedora autobiografía e historia de una realidad feroz, la que inocula al autor y protagonista la suficiente dosis de desesperanza como para que el último capítulo, no escrito, sea su propio suicidio (Brasil, 1942).
Pero Zweig no era un exaltado, todo lo contrario. Amigo de Freud y de Verhaeren, docto y refinado, y uno de los felices depositarios de aquella cultura que ya Víctor Hugo hiciera suya en el XIX -y que quizás tenga continuación en la comunitaria de hoy-, desgrana con afilada sensibilidad, pero con desgarro realista, los cambios que trajo el siglo XX para Europa, como relator no sólo del horror de las dos guerras mundiales, que sufrió en propia carne, sino también de aquella época de la «seguridad» en la que, justamente antes de la Gran Guerra, existía una «conmovedora confianza en poder empalizar la vida hasta la última brecha, contra cualquier irrupción del destino», pero que «escondía una gran y peligrosa arrogancia», cosa que recuerda a estos tiempos nuestros en que, como entonces «la gente vivía bien, la vida era fácil y despreocupada».
Confiesa, en fin, que galoparon por su vida todos los jinetes del Apocalipsis, pero identifica la caída de la humanidad en la barbarie «con la peor de todas las pestes: el nacionalismo, que envenena la flor de nuestra cultura europea».
Aprendamos, pues, algo de este hombre honesto, del gran escritor que pasa desapercibido, quizás no tanto por su difícil esteticismo como por el incómodo espejo al que nos enfrenta.