La galería Van Dyck alberga estos días una exposición de Farreras (Barcelona, 1927), una de las personalidades más singulares del arte español en los últimos cincuenta años. La muestra se nutre de obras recientes, que denotan el sentido de búsqueda y el compromiso de un artista que hamás ha querido estancarse en sus logros.
Las piezas, con pintura, madera y otros elementos ensamblados a modo de 'collages' son fieles a su conocido estilo, entre relieves y geometrías que ahora buscan composiciones cuyo volumen ha cedido esa pasión enérgica de antaño para dar paso a una creciente delicadeza plástica.
El artista sigue apostando por esa coherencia matérica que acota los espacios interiores, amigos del misterio, generando contenidos y contenedores expectantes ante el análisis pausado. Rincones que, con frecuencia, nos descubren armonías ocultas, estructuras trabajadas en capas y cajas aparentemente cerradas, pero siempre abiertas a la mirada del espectador meticuloso. Composiciones técnicamente impecables que sugieren significantes acerca del 'silencio' bien entendido. Así, donde antes fluían ritmos quizás más gestuales y dinámicos, no exentos de sosiego expresivo, Farreras plantea hoy una luz más concentrada e igualmente experimental.