Varios soldados perecieron ayer al intentar defenderse de una escaramuza rebelde que les sorprendió mientras realizaban labores de inspección en unas naves abandonadas de la parroquia de Serín. Los Marine Recon Asturias fueron atacados pasadas las once de la mañana por grupos insurgentes en un intento desesperado por avanzar posiciones y debilitar al enemigo. La batalla se prolongó durante todo el día y dejó importantes bajas. Al caer la noche, los 50 combatientes recogieron el petate y regresaron a sus casas.
No es que Gijón esté inmerso en un conflicto bélico, ni siquiera que las fuerzas del seguridad del Estado se encuentren en el concejo realizando maniobras. Se trata de medio centenar de aficionados al 'airsoft' -un juego de simulación de guerra ideado en Japón en la década de los 80- que ayer, como cada domingo, se vistieron de militares para emular un conflicto bélico. Hubo armas -eso sí, simuladas-, uniformes reales de los 'marines' americanos y comunicaciones con avanzados sistemas de radio. Chalecos antibalas, pistolas, rifles, gafas de balística e incluso máscaras de camuflaje. Toda la parafernalia propia de una guerra en un escenario lo más parecido posible a una aldea bosnia: una instalación ganadera abandonada en medio del monte que tres grupos de aficionados al 'airsoft' han alquilado como lugar de esparcimiento. Son los Marine Recon Asturias, los Bones Brigada y los Jag. Ayer, para inaugurar su nuevo campo de batalla, actuaron como anfitriones y recibieron a miembros de otros grupos asturianos con los que libraron una batalla cuerpo a cuerpo.
Pero jugar a la guerra no resulta sencillo ni barato. Organizar las tácticas que se pondrán en práctica durante el combate lleva su tiempo. Por no hablar del alto coste del equipamiento. «Una réplica de arma un poco decente te cuesta más de 1.000 euros», apunta Juan Jesús Fernández Suárez, un militar que desde hace un año practica este 'deporte', entre otras cosas, «como método de entrenamiento. Me sirve para desenvolverme mejor en mi trabajo», explica.
Profesiones diversas
Entre los aficionados a la simulación real de guerra hay abogados, informáticos, becarios, camareros, personal de seguridad o estudiantes. En edades, más de lo mismo. Los jugadores van desde los 18 años -edad mínima- a los cuarenta y pico. Los únicos vínculos en común que tienen son su afición por las armas y las ganas de descargar adrenalina. «Somos todos muy diferentes, pero no por ello nos llevamos mal. Al contrario, existe mucho compañerismo y las disputas en el campo de batalla se quedan ahí; esto es sobre todo un juego de nobleza, ya que el único que sabe que te han disparado eres tú», dice Nacho Vergara, un informático ovetense.
Y es que aunque no existe una normativa oficial, sí que se cumplen determinadas reglas, como no disparar al contario a menos de cinco metros de distancia, no emitir ráfagas en espacios cerrados o levantar la mano para avisar de que una bala ha impactado en el cuerpo, lo que implica la eliminación del juego. Todo ello queda escrito en internet, donde los aficionados a esta disciplina suelen reunirse en foros.
La munición de las armas son pequeñas bolas de color blanco que, disparadas a escasa distancia, pueden llegar a dejar marca. «Esto no es una vertiente del 'paintball', donde el impacto de las bolas duele más y no existen unas reglas marcadas de ejército como en este caso», apunta Vergara.
Aquí, las mujeres son una escasa minoría. «Debe de ser porque tienen más sentido común que nosotros», se oye decir a un combatiente. Pero lo cierto es que en el campo de batalla -llamado 'Matadero'-, una vez iniciada la contienda, de nada sirve la fuerza. Suena música de AC-DC y de los edificios derruidos sale un denso humo simulado. Se oyen los primeros disparos y caen los primeros soldados. Comienzan a jugar a la guerra en un tiempo en el que se clama por la paz.