ENRIQUE Fuentes Quintana, catedrático, vicepresidente económico, consejero del Banco de España... fue sobre todo un gran divulgador de la economía. Lo fue desde sus libros de texto, sus artículos, sus conferencias, que pronunciaba con voz potente y contundentes gestos. Su muerte, el pasado jueves, ha coincidido con una serie de acontecimientos que provocan y animan una serena reflexión.
Los Pactos de la Moncloa, de los que fue el gran mullidor, han sido sin duda el gran acuerdo de la democracia, que ensalzó la labor de los responsables políticos, sindicales y empresariales porque respondió a los intereses de la ciudadanía. Enrique Fuentes ha ido a morir sólo un día antes de que Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy hayan escenificado el gran desacuerdo de la democracia, su incapacidad para unir sus esfuerzos contra la gran preocupación en estos momentos de la sociedad española: el terrorismo.
Ha sido también una casualidad que su muerte se haya producido un día después de la despedida como presidente de la CEOE de José María Cuevas tras más de veintitrés años en el cargo. Todos los medios han destacado el permanente espíritu negociador de Enrique Fuentes y su gran capacidad de persuasión. De otra parte, José María Cuevas les ha dado en su despedida a sus colegas empresarios un gran consejo: «Negociad siempre, y cuando la negociación se haga imposible, seguid negociando». He aquí, por tanto, a dos hombres de espíritu negociador. Sin embargo, ambos protagonizaron una agria polémica y un permanente enfrentamiento en los años de su mayor protagonismo social. Ello demuestra que, a veces, no basta ese espíritu negociador, sino que hace falta también una dosis de generosidad para que cierto protagonismo no nos impida alcanzar nuestro objetivo.
Enrique Fuentes ha muerto justo en el momento en el que dos cadenas de televisión dedican programas especiales a la figura de Adolfo Suárez, el hombre que le convenció para que se dedicara a la gestión de gobierno. La última vez que estuve con Fuentes, hace poco más de dos años, me dijo que había visitado recientemente a Adolfo Suárez. Coincidió allí con Landelino Lavilla y me comentó que, una vez en la calle, ambos se pusieron a llorar. Su amigo común no les había reconocido y en los momentos que compartieron con él debieron cruzarse mil sentimientos que, inevitablemente, les hizo romper en lágrimas. Pese a lo que creía, Enrique no le ha sobrevivido y se ha evitado, al menos, la definitiva despedida de su amigo, de su mentor político, de su alumno de economía.