Domingo, 17 de junio de 2007
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Los tiempos ya han cambiado
«El destino es la sensación de que sabes algo de ti mismo que el resto del mundo ignora. La imagen de ti mismo que tienes en la mente acaba por hacerse realidad. En cierto modo es algo que debes mantener en secreto, porque es un sentimiento frágil, y si lo sacas a la luz, alguien lo destrozará. Más vale guardar todo eso dentro».

Bob Dylan. 5 de diciembre de 2004.



AHORA que los tiempos ya han cambiado y los artífices de los cambios suelen quedar fagocitados por las mareas posteriores a los momentos de emancipación, revolución e idealismo, estar vivo ya es un regalo.

¿Cuántos caminos debe un hombre andar para que le llaméis un hombre? En 1976, la autopista que nos inspiraba a los aprendices de 'artista' (aún lo somos, en algún caso) era la A-66. Muy lejos de aquella Route 66 -años después de que 'Highway 61 revisited' fuera el penúltimo de los míticos discos de Bob Dylan, encumbrado definitivamente con la salida de 'Blonde on Blonde' en mayo de 1966-, el mundo se estaba moviendo a velocidades desconocidas para esta parte de la tierra.

Diez años de revolución musical, diez años de historia universal de la música folk y rock, diez años en los que uno de los pocos mitos vivientes, que sigue caminando con sus botas de cuero español por el paseo de la desolación, ya había hecho méritos suficientes para pasar a la historia como «uno de los hombres que sí había cambiado el mundo».

Con estos contables años de retraso y algunos más incontables por las controvertidas causas que nos condenaron al aislamiento cultural hasta la reforma democrática, escuchábamos a Dylan de forma clandestina, una clandestinidad doméstica, pues a nuestros padres les horrorizaba aquella forma de cantar y el volumen del HIFI siempre era superior a los decibelios permitidos en la habitación de la recién estrenada reforma política. Así fue que conocimos 'Blowin' in the wind' sin saberlo, en la misa de doce, cuando a algún adelantado del Vaticano II se le ocurrió transformar la letra en una alabanza católica que cantaban los feligreses con devoción, creyentes y no creyentes, practicantes que aborrecían los iconos que sus hijos adoraban. Así entró Dylan en nuestras vidas: «Con Dios de nuestro lado».

Era la época del auto-stop, del rollo, de los enrollamientos de rock, de los festivales 'underground' y donde se estaba fraguando la génesis de la 'movida'. El 'punk' nacía en Londres, pero aquí el horizonte pasaba por entender qué era eso de la libertad, sin ira o con bombas, pero libertad al fin y al cabo. Con la sensación de que la libertad siempre había venido de afuera y no era una cosa para tomársela a la ligera, aprendimos aquellas canciones, ya sin intromisiones eclesiales. 'The times they are a-changin' se acoplaba a la perfección en aquel momento a pesar de los años transcurridos, porque nuestro cambio acababa de llegar y no importaba entender bien la letra de la canción; la novedad, el deseo, las puertas del cielo abiertas de par en par nos esperaban en nuestro camino hacia la realización o lo que fuera que tuviese que ser.

Bob ya se había pegado la hostia en moto y estaba retirado del mundo replanteándose cuál era su papel dentro de todo aquello que había ocurrido. Pero, ¿qué era lo que había pasado? El dios de barro, la estatua de sal, el ave fénix o el pájaro de fuego, todos los mitos concurrían en un solo personaje, denostado, abucheado en todo el mundo por haber traicionado su 'protest song' y girar con una banda de rock abominablemente escandalosa para las bienpensantes mentes del folk y del cambio social, criticado hasta la saciedad por la prensa especializada, cansada de intentar seguir un rumbo que no entendían, ávidos de nuevos escándalos y estrellas del rock que quisieran ser portada para vender más número de publicaciones, Dylan hizo lo que tenia que hacer, lo que hace un artista de verdad: concentrarse en el tour eterno 'Never ending tour', como él mismo lo definió, al servicio de su música y de todos aquellos que estuvieran dispuestos asistir a sus conciertos, a vivir las continuas revisiones de sus grandes éxitos y al estreno de nuevas canciones.

Invitó al mundo al experimento de reinventarse cada noche en cada uno de los conciertos, haciendo del rock y el folk una verdadera experiencia vital, algo que estaba lejos de los salones del 'showbussines', de las expectativas de las emisoras de radio, de las plumas de oro de la prensa e, incluso, de todos aquellos que lo habían encumbrado como el trovador mesiánico del siglo XX.

Volviendo a la historia, en España se fabricaron por primera vez en 1976 cuatro EP, que básicamente eran réplicas de sus análogos franceses, pues tenían el mismo número de catálogo y la misma selección de canciones. Éstos fueron, de hecho, los primeros discos originales puntualmente editados en España y también los primeros editados a la vez que en el resto de Europa, ya que los LP originales no lo fueron hasta 1968.

Uno de estos EP contenía 'Like a rolling stone', uno de sus grandes éxitos.

Resulta anecdótico decir que aquí casi todo el mundo pensaba que la letra de la canción se refería a ser como un rolling stone, es decir, como uno de los miembros del afamado grupo británico. Parafraseando a Kissinger: 'No comments'.

Si bien las generaciones anteriores a 1971 ya conocían y habían escuchado algunos discos de Dylan que llegaban a Asturias vía Francia o escasamente vía EE UU, para los nacidos en el mismo año de la publicación del primer álbum homónimo de Bob, cuando grababa 'Talkin New York', sus discos tardaron diez años en ser vistos y alguno más en llegar a nuestros hogares. Esta circunstancia -digamos, desajuste en el tiempo y la historia- hizo, como decía al principio de este artículo, que Dylan tuviera una influencia extemporánea en nuestras vidas y que los mensajes pasaran de un tiempo a otro con total normalidad y frescura, convirtiendo su figura en un personaje atemporal. Esta cualidad para perdurar que tienen algunos de los hombres y mujeres que han hecho historia en las artes es lo que hace a Dylan, merecedor de todos los premios que uno pueda recodar.

Otro dato importante es saber que el cantante de Hibbing nunca tuvo un número uno en la lista del 'Billboard'. 'Like a rolling stone' sólo llegó al número cuatro bajo su propia interpretación. A Dylan lo hicieron famoso para el gran público las miles de versiones que se hicieron de sus temas, como la acaramelada adaptación que Peter, Paul and Mary hicieron de 'Blowin' in the wind' o la 'folk-surf' que hiciera Roger McGuinn con los Birds.

Robert Allen Zimmerman, como así fue nombrado por el jurado de los Premios Príncipe de Asturias, ya que es su nombre legal, puede presumir de haber pasado por la vida escuchando el sonido electroacústico de sus células, sabiendo que esa vibración siempre dice la verdad y descubriendo para sí mismo que, aunque las células también vibran por estímulos exteriores, tarde o temprano el sonido que suena o es tuyo o estás muerto. A la vista está que Mr. Zimmerman sigue vivo y, además, premiado.

Sólo espero que a nadie se le ocurra poner su estatua de bronce por alguna calle de Oviedo, aunque difícil será, presumo, que venga a recoger este galardón, y ojalá me equivoque. Con una vida semejante, en la que se ha conseguido superar todas y cada una de las trampas, propias y ajenas, embarcado en una gira de conciertos anuales mundialmente intensa, con 66 años y sin intención de que nada se pare, el premio gordo ya lo tiene. Gracias Bob.

 
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