Me ha sorprendido, una vez más, la explosión de color de los rosales, el verde encendido de la pradera, la pubertad de esa higuera que aún no ha recibido el sol del verano. Todo comienza a florecer y la novedad del mundo, revelándose contra la muerte, tiene algo que me inquieta y tranquiliza a la vez. Hay lugares donde se entra cumpliendo un rito: lugares en los que uno se sumerge como en una piscina, consciente de entrar en una atmósfera más densa. Lugares donde cada esquina se carga de tiempo recobrado.
Miro, antes de abrir el portón del jardín, el balcón donde mi abuelo se asomaba. Llegábamos a este pueblo del Bierzo, a Borrenes, desde muy lejos, desde Asturias. Hoy el viaje apenas lleva hora y media, pero en aquellos años 70 y en aquel Seat 850 podríamos echar en el camino, Payares por medio, sus cuatro horas guapas. Llegábamos mareados, con la conciencia de haber recorrido buena parte del mundo, y el abuelo Perfecto estaba allí, en el balcón, esperándonos. Asunción, el ama del cura, nos decía que ya llevaba unos días en el balcón pues siempre llegábamos cuando llegaban las golondrinas.
Las golondrinas. Son las inquilinas perfectas. Las mismas golondrinas, las hijas de las hijas de las hijas, serán éstas de ahora que aquellas que construyeron el primer nido cuando algún remoto tatarabuelo construyó esta casa en la Calle de Arriba. Llegamos en coche y miro el balcón: mi abuelo no está, claro. Murió hace muchos años, cuando yo era un niño, pero aún veo su mirada. También están las golondrinas, trazando sobre la era signos que, verano a verano, aprendo a descifrar. El abuelo Perfecto nos decía que siempre veníamos con las golondrinas. Se callaba lo evidente, con una sonrisa: también nos iríamos con ellas, quizás antes, y allí quedaría el mundo sin nuestra presencia, un mundo donde las noticias eran sencillas y esenciales: tal vez había que ir a sulfatar las viñas, tal vez un vecino tenía una vaca enferma.
Aparcamos el coche y miro el balcón desde el que mi abuelo me miraba. Veo las golondrinas revolotear, entrando y saliendo por el boquerón de la cuadra, y me alegro de que sigan ahí. En agosto las veré sobre los cables del tendido eléctrico alineadas y partirán, cuando el aire sea propicio, hacia el Norte de África, tal vez a Túnez, tal vez a Marruecos. A lo mejor se van más lejos. Cuando era niño me imaginaba otra casa nuestra al otro lado del mundo, mucho más lejos, y como todos soñé ponerle a alguna golondrina en una pata un mensaje: que sus alas negras llevasen al otro lado del mundo, a otra ribera fértil, noticias de los de casa. El espacio, como ven, se va cargando de tiempo: también están los nogales, que plantó mi padre el año que se fue del pueblo, y ahí siguen resistiendo. Una lenta brisa mueve sus cañas: parece que se inclinan, gentiles, para darme la bienvenida.
Mi abuelo Perfecto Bello, el Tío Perfeuto le llamaban en el pueblo, era el 'home bo' del pueblo, el hombre bueno. Sabía de cuentas y de letras y era a quien llamaban, antes de acudir a los juzgados, para solucionar particiones de herencias difíciles o aquellos litigios interminables por el riego. No piensen que era un trabajo fácil: en Borrenes la propiedad es un laberinto. Puede tener usted una tierra en la que hay tres manzanos. Pero resulta que la tierra es suya, los manzanos de otro y la fruta de los manzanos de un tercero. Es natural que ante algo así surgiesen los litigios por un quítame allá esas manzanas. Yo, por ejemplo, heredé un pozo en medio de la finca de un vecino. Ahora ya no se usa, pero siempre me sonrío cuando pienso que la única manera de aprovechar el agua de aquel pozo era vendérsela al vecino. En fin, mi abuelo era el Hombre Bueno, una especie de juez de paz, la persona en la que el pueblo depositaba su confianza para resolver sus problemas. Nadie se me quejó nunca de sus juicios, y debieron de ser muchos, por lo que entiendo que mal no lo haría.
Hace poco me enteré de uno de ellos. Corría el año 1942 y la guerrilla republicana resistía en los montes de La Cabreira, justo al otro lado del valle donde está Borrenes. Solían bajar por las noches, pero un día decidieron atacar el Cuartel de la Guardia Civil sin haberse enterado que habían llegado refuerzos de Ponferrada. Los guerrilleros se escondieron en el campanario de la iglesia y aguardaron la ocasión propicia, hasta que se dieron cuenta que la operación era imposible: había demasiados soldados bien armados en el pueblo. Refugiados en el campanario, planearon quemar la iglesia, para entretener a los guardias, y huir.
Es ahí cuando entra mi abuelo por la trampilla del campanario y los sorprende con aquellos planes. Habló con ellos y los convenció para que, por el camino que llaman del 'vieiro' en Orellán, se volviesen a sus cuarteles de La Cabreira. Él les indicaría el camino y nadie les denunciaría.
Salvó a mucha gente: a los guerrilleros, a los soldados que sin duda morirían. Era un hombre valiente. Abrió la trampilla del campanario, pegando voces para que supiesen quien era, y los convenció para que huyesen sin pegar un tiro y sin encender la iglesia. De niño, bajo los nogales que plantó mi padre, le oía contar por qué lo había hecho:
-Lo primero de todo era que ya estaba bien de que se matasen los vecinos. Y lo segundo porque la iglesia está al lado de nuestra casa, y nuestra casa al lado de la del vecino, ¿y a ver quien cortaba aquel fuego!
Miro los nogales: las sombras a esta hora comienzan a tener sueño y se retiran, de puntillas, a las alcobas de la noche.