Madrid. Gran Vía. Miércoles por la noche. Una pareja de maduros homosexuales alemanes acaba de cenar un plato combinado en la cervecería Azahar. Ahora caminan juntos, teñidos, maquillados, relajados, en mangas de camisa. Al cruzar el semáforo que está junto al Hotel de Las Letras, frente al Museo Chicote, se agarran de la mano, entrelazan sus dedos y penetran en la calle Hortaleza, vía de acceso al barrio de Chueca. Acaban de atravesar una frontera invisible para adentrarse en un mundo distinto, un barrio homosexual y rosa (pero no sólo) donde besarse, abrazarse o buscar sexo directo es tan corriente como husmear en los escaparates del exclusivo mercadillo de Fuencarral (el trapillo encumbrado a la estratosfera del lujo).
-«Cuando entras en Chueca te vuelves loco... Es como traspasar una barrera trasparente. Entras en otro territorio, un espacio maravilloso, lleno de libertad, un paraíso en el que podemos respirar», se exalta Pepa Charro, más conocida como La Terremoto de Alcorcón, autora del techno '¿Libérate!, himno oficial del Europride 2007, la fiesta del orgullo gay que espera congregar estos días a 2,5 millones de visitantes en el barrio. «
Chueca será durante esta semana y la próxima la capital europea del mundo gay. Pero desde hace una docena de años, ocupa un lugar en el atlas gay del planeta junto a Chelsea, el barrio rosa neoyorquino, Castro (en San Francisco), el parisino Le Marais y el Soho londinense. Chueca es una pequeña república con todo: sus librerías, sus bares para osos (gays pilosos y barbudos, de look muy masculino), sus revistas (como Shangay, donde este mes aparecen artículos sobre Gayperman, «el plástico que pierde aceite»), sus peluquerías, sus redes de contactos, sus películas ('Chuecatown' se estrena en breve) y gimnasios donde las 'musculocas' ponen a punto sus paquetes fibrilares. Pero no siempre ha sido así.
Juliana Conde ronda los 80 y vive como arrumbada en su comercio 'Conde. Sobrinos de Domingo Esteso', dedicado a la venta de guitarras clásicas y flamencas en la calle Gravina. Sobre el mostrador de madera se ve una vetusta piel de zorro que algún día fue plateado. «Tendrá unos 90 años», concede la dama. Juliana es una resistente. «Seguiré aquí. No cambio de barrio. O vuelvo a Valladolid, donde nací, o al cementerio», sonríe. La viuda del difunto luthier Faustino Conde recuerda los años en que su recaudación desaparecía entre los dedos de los yonquis que malmorían en este territorio degradado. «Había droga y vomitonas por todas partes. Aquí enfrente paraban los coches para comprar heroína.
Los maricas -dice-son educados. No tengo queja de ellos, toco madera... Sus fiestas sí que son un poco alborotadas, pero ellos le han dado vida al barrio. Como decía mi suegra 'el gitano donde habita no hace daño'», repite con su filosofía de castellana vieja contra un fondo de viejas fotografías dedicadas por fenómenos como Paco Cepero, Félix de Utrera o Gerardo Núñez.
Un poco más arriba, Wilfried Lemerle, un antiguo ejecutivo publicitario francés, sintetiza los nuevos tiempos que corren para Chueca. Wilfred no es gay y ha abierto un establecimiento para sibaritas: 27 tipos distintos de agua mineral, vinos, sales y especias del mundo, el 'champán' y el vino de Francis Ford Coppola...
«Me encanta el espíritu de pequeño pueblo dentro de una gran ciudad que se respira aquí. Conocí Chueca hace 10 años, como un turista básico. No me gustó. Era sucio. Pero volví para instalarme con mi mujer. Mis clientes han viajado, tienen buen gusto, les gusta la gastronomía y el lujo, y son elegantes», resume. Los franceses, tan amigos de las siglas, llaman a este sector 'les bobos' (bohemios burgueses).
«COMO UNA OLA, LIBÉRATE»
«Evidentemente los gais son personas de alto poder adquisitivo. Viven el momento y gastan a diario. No tienen hijos, que son los que te chupan. Buena parte de nuestros clientes son parejas de hombres», confía Lidia Carrera, 30 años de servicio en la veterana Inmobiliaria Gamero, un observatorio privilegiado para analizar la evolución de Chueca.
«De ser una zona muy buena hace 40 años, porque estamos pegados a la Gran Vía, el barrio pasó a ser un área hundida por el caballo. Pero la moda gay ha limpiado ese pasado», explica Lidia. ¿Pero a qué precio! (o mejor, ¿a qué precios!) Alquilar un apartamento de un dormitorio: 750 euros. Un estudio de 35 ó 40 metros no se encuentra por menos de 600. Un local de 40 metros en el mercado de Fuencarral anda por los 5.000 euros de renta mensual. «Y el precio por metro cuadrado de piso es de 6.000 euros», remacha. Pese a los alquileres, las mejores marcas se pegan por levantar la persiana aquí.
Por eso Chueca está en estado de obras permanente. Un paseo permite descubrir albañiles, palieres de ladrillos y contenedores en todas las esquinas. También, claro, parejas gay de la mano, la prostitución más primaria en las vecinas calles Desengaño y Barco y ejecutivos de telecomunicaciones que caminan junto a las rameras porque tienen aquí su base de operaciones. «¿No controles, a quién le importa, qué sabe nadie, desátame, que sería de mí sin tí, como una ola, libérate...!», canta en su estribillo La Terremoto de Alcorcón.
SEXO Y AMOR LIBRE
«El lobby rosa no existe. Pero en los últimos catorce años se ha dado una sucesión de benditas coincidencias», explica Alfonso Llopart Basterra, director de 'Shangay', la mítica revista gratuita (donde participó Pedro Zerolo) que hoy lanza 75.000 ejemplares a la calle y que siempre pone de largo 'lo último'. 'Shangay' empezó como una hoja fotocopiada para anunciar las fiestas dominicales que celebraban algunos chicos en la sala China Club, una traslación, explica Llopart, de los 'gaytea dance' londinenses, festejos para alegrar las narcóticas tardes de los domingos. «Chueca ha sido una especie de salvavidas para los gays y lesbianas que venían de pequeños pueblos y ciudades donde no podían mostrar su lesbianismo o su homosexualidad sin problemas. Aquí, ir de la mano y darse un beso en público es lo habitual.
El sexo es algo omnipresente. El visitante piensa que, tal vez, eso sea lo natural y que el resto del mundo no hace otra cosa que ocultar lo más patente. El forastero hace tiempo antes de entrar en Berkana, la librería que regenta Mili Hernández, una histórica del movimiento homosexual, y donde se muestran títulos como 'El día en que murió Chanquete' o 'El corredor de fondo', de la colección 'Salir del armario'. Sus movimientos desordenados, intuye, podrían ser interpretados como gestos propios de un indeciso en un lugar donde las dudas hace mucho que pasaron a mejor vida.
En el entreacto, por la acera de enfrente de esta calle Hortaleza, se tropieza con los chicos de Amaral. Ambos saludan a la modelo Verónica Blume y a una amiga. Cerca asiste a la compra de una dosis de 'limpiacabezales' que es como llaman aquí al popper, nitrito de amilo, un vasodilatador que se emplea en las relaciones sexuales «porque te pone muy burro durante un ratito», explica un entendido. También observa a jóvenes con flequillos enormes, gafas Rayban de aviador, pantalones de pitillo caídos y zapatillas 'Converse' de colores, la moda que viene.
ESPECULADORES Y HOMÓFOBOS
«Los chavales de 20 años se creen que esto siempre fue así», suspira Juan Belmonte, el almeriense del barrio de Pescadería, que regenta la peluquería 'Juan, por Dios' («Juan, por Dios, sólo las puntas», dicen entre temblores ante su atrevimiento algunas de sus clientas). «Pero han sido muchos años de lucha, de soportar a cafres que te insultaban para poder vivir de lo que te gusta entre la gente que te gusta. Jamás imaginé de chiquillo que yo pudiera vivir así, en pareja. Parece -dice, mientras su novio, el argentino Guillermo Lynch, asiente- que no estábamos educados para vivir en pareja o para tener hijos. Y ahora podemos pensar en ello. El respeto de la sociedad es nuestro mayor logro». «Lo primero que sorprende de Chueca es ver cuántos somos. ¿De qué minoría estamos hablando?», se pregunta Lynch.
«Cuando me casé en la Plaza Mayor prendimos una traca, porque mi marido es valenciano. Cuando nos metíamos en el coche, hubo personas de 70 años que nos felicitaban. Se acabó el síndrome de Cenicienta, eso de ser feliz de noche y hasta una determinada hora», resume Arnaldo Gancedo, del Colectivo de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales de Madrid (información sobre los actos en www.cogam.org)
Volvamos al sexo. José Macías, un veterano de estas batallas, vende en su tienda de moda en cuero (ya saben, correajes como los usados «por los galeotes romanos», consoladores, gorras de plato en cuero, azotadores y demás ortopedia sexual) destinada, dice, al «sexo pactado, al fetichismo y a la fantasía: esto da mucho morbo». Este hombretón (que exhibe una foto de una escuadra de la Legión parada frente al garito Gogo's gogo's en el Día de la Hispanidad) se emociona hasta las cachas cuando mira la calle Pelayo, saturada de parejitas. Este cuarentón de Benavente describe el barrio como «un símbolo de la libertad, de la buena gente... si todos viviéramos como aquí, éste sería un mundo maravilloso. Vivo en familia, casado. Los maricones de este país tenemos que estar orgullosos, hemos luchado, nos han pegado y muchos se han quedado en el camino, pero mira cómo estamos. Somos un acontecimiento mundial. Nos envidian».
-«Chueca significa libertad y buen rollo», sintetiza Ricardo Madrid, de LL, mientras charla y recuerda los tiempos (casi prehistoria) de aquella primera sauna Comendadoras.
Por fin nos sentamos con Mili en la trastienda de Berkana, entre un surtido de DVDs gais (y uno piensa que lo normal debe ser esto, que lo que se hace fuera de aquí no deja de ser más que una ocultación. ¿No fue Freud quien dijo que «todo es sexo»?) y revistas como 'Têtu Voyage', 'Gay Times' 'Out' o 'Viva Curve' (para chicas).
«Entrar en un local como éste es asumir que eres lesbiana total. No hay dudas. Creo que le he hecho la vida un poco más fácil y alegre a mucha gente. La ley del matrimonio parece que ha dado, sobre todo a las mujeres, seguridad para ingresar en el mundo gay», remarca.
Y salta la pregunta ¿Chueca es de izquierdas o de derechas? Mili Hernández no duda. «De derechas. Es curioso. El barrio era propiedad de un grupo de arruinados a los que los gais hemos convertido en millonarios. Les hemos salvado la vida a esos tipos, que son, además de tremendos especuladores, grandes homófobos. Y entre los empresarios gais también hay mucha gente de derechas», confía.
Chueca es un oasis gay, dicen. Un espacio protegido, casi una reserva en mitad de Madrid, pero que no disfruta de demasiadas sucursales en el resto del país. Chueca es, para muchos, sólo un espejismo.