Domingo, 8 de julio de 2007
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Ciclismo
La fe del Tour resiste al dopaje
La fe del Tour resiste al dopaje
PÚBLICO. Los ingleses acudieron a la cita con el ciclismo. / AFP
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El positivo de Floyd Landis en 2006 convirtió al Tour en una carrera en falso. El podio de París fue una esquela, un catálogo de fotografías rotas. Christian Prudhomme, ahora director de la Grande Boucle, se sintió dueño de un tesoro en peligro. Y convocó a sus asesores. Para hablar del futuro de la Grande Boucle. La respuesta le llegó de uno de los hijos de sus colaboradores. «¿El Tour? Es la carrera que pasa por mi casa». La Grande Boucle es un milagro: nació en 1903 para salvar de la bancarrota al antecesor del diario 'L'Equipe' y ha conseguido convertir un espectáculo gratuito en una factoría de hacer dinero. Pero los milagros necesitan fe. Creer.

Y ahí está el peligro: el dopaje genera incredulidad. En 2006 y tras la 'Operación Puerto', la audiencia televisiva del Tour en Francia descendió un 5%. La cadena ZDF alemana amenazó con no emitir la prueba si continuaba el catálogo de escándalos. El Tour se inquietó: su principal patrocinador, Credit Lyonnais, prolongó su acuerdo pero impuso una cláusula: si seguía la deriva, adiós. Y otro dato: el público del ciclismo no crece, sólo envejece. El 74 % tiene más de 50 años. Por eso a Prudhomme le gustó la sencilla respuesta del crío de su asesor.

Hay otra frase célebre para definir el poder del Tour. Del viejo Bernardo Ruiz, tercero en la edición de 1952: «En el Tour es imposible perderse. Basta con seguir la hilera de gente que anima a los corredores». Ahí sigue ese coro popular. «El Tour está claramente inscrito en el patrimonio de Francia. Más que una carrera, es la fiesta de julio, la Francia de las vacaciones pagadas», apunta Prudhomme.

15 millones en las cunetas

Oficialmente, la ronda pertenece a ASO, propietario también de 'L'Equipe' y organizador, entre otros, del París-Dakar, del Maratón de París y del Open de Francia de Golf. Emocionalmente, la Grande Boucle es del pueblo. Unos 15 millones de personas son inquilinos de las cunetas. «Recorren 170 kilómetros de media para ver la etapa». En 2006, 185 países vieron las imágenes de Landis, de Pereiro, de Sastre. El pelotón brincó sobre la Gran Muralla: una pantalla gigante clavada en la Plaza de Tian An Men pedaleó con el Tour por Pekín. «Exportamos el prestigio de Francia», destaca el director de la ronda gala, harto del archivo de venenos, de fármacos prohibidos en que se ha transformado su deporte.

La Grande Bouble sufre ese doble vida. Éxito económico y descrédito deportivo. Esa paradoja. Un ejemplo: en 1998, cuando explotó el 'caso Festina', se dispararon las ventas de relojes de la firma patrocinadora. ASO gana cerca de 15 millones de euros por cada edición: los patrocinadores principales como Credit o Skoda aportan más de cuatro millones. Los otros, entre uno y dos. Hay más de 40 marcas en la caravana publicitaria. Saben que llegan al 76% de la audiencia gala. Además, el 45% de los ingresos de ASO procede de los derechos televisivos.

A la ronda gala la reclaman: pese a que por ser sede de una etapa la tarifa ronda los 80.000 euros, la carrera no da abasto. Hay 220 candidaturas pendientes. Tras los Juegos Olímpicos y el Mundial de Fútbol, nada imanta como el Tour, una aventura con edad de siglo. Pese a todo. Se resiste a ser disecada por el dopaje, su único enemigo.

En 'L'Equipe' del viernes se pedía la aparición de un campeón providencial. De un apóstol, limpio de pecado, capaz de continuar el viaje del Tour a través el Mar Rojo del dopaje sanguíneo. En la orilla, le espera su público, su mejor aval. El Tour ha iniciado una campaña entre los escolares de cuatro y quinto curso de Primaria. Invierte su éxito económico en fe.

 
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