POR fortuna, existe una legislación contra el ruido. Les cuento a grandes rasgos una jornada acústica más o menos normal, que se inicia sobre las 7 de la mañana con el concurso del reloj despertador, a no ser que antes nuestros tímpanos se hayan visto ya agredidos por los madrugadores empleados de Emulsa encargados de cortar el césped y desbrozar. Afortunadamente, existe una legislación contra el ruido.
Al margen de ruidos domésticos o colindantes (las propias tripas hambrientas o los curritos de las obras del 4.º, derecha, un suponer), uno pone proa a la oficina y recibe en el camino sendos zurriagazos sonoros de bocinas de conductores cabreados, de las perforadoras que abren y cierran zanjas sin tregua y, sobre todo, de esas auténticas moscas cojoneras acústicas que son las pequeñas motocicletas que serpentean entre automóviles y peatones. Afortunadamente, existe una, legislación contra, el ruido.
Concluida la jornada laboral, y luego de volver a soportar los ruidos habituales en la rúa, entra uno en cualquier sidrería donde los sonidos procedentes de gargantas ajenas obligan a elevar el tono de voz de cada quisque, en un círculo vicioso de gritería. Más tarde, el dulce hogar, la cena... y, cuando uno empieza a acomodarse entre los brazos de Morfeo, aparecen sucesivamente los camiones de la basura normal y selectiva. Se van, vuelta a intentar atrapar el sueño perdido, pero llega la hora de los trasnochadores veraniegos que comparten su alegría cantora y discutidora con los vecinos. Afortunadamente, existe una legislación contra, el ruido.
La idea de dictar leyes contra los ruidos no es nueva: ya Julio César prohibió la circulación de carros en Roma después del crepúsculo a causa del traqueteo sobre las vías empedradas. También prohibió el restallar de los látigos durante toda la noche. Por cierto, ¿se aplicaría aquella legislación con el mismo rigor que en estos tiempos...?
En fin, triste consuelo el de viajar con la imaginación por el 'Mar de las Palabras Congeladas', descrito por François Rabelais en su 'Gargantúa y Pantagruel': ...en invierno, todas las palabras y sonidos de la región se hielan, y hasta que llega el buen tiempo y comienzan a derretirse y oírse, los viajeros pueden recoger del suelo los sonidos congelados en forma de grageas multicolores.