Octubre de 1955. La primera promoción de alumnos llega a la Universidad Laboral. En total, 428 estudiantes de corta edad, la gran mayoría internos que se encuentran con un panorama poco menos que desolador. Las obras del complejo diseñado por el arquitecto Luis Moya habían comenzado en 1948, pero los siete años de trabajos no habían dado para mucho, apenas para habilitar tres zonas de dormitorios corridos -donde en el futuro se ubicará el nuevo hotel de cinco estrellas del complejo- y una zona de aulas en el entorno de la actual cafetería. Un lujo para quienes disponían de pocos recursos económicos y basaban su educación en una beca, pero unas condiciones bastante alejadas de lo idóneo para el desarrollo educativo. Eso sí, el patio interior estaba acabado y era, en sí mismo, un lugar espléndido y seguro para jugar al fútbol.
De la mente de aquellos pequeños alumnos no se ha borrado aquel paisaje y la imponente torre que lo presidía. Un búnker de piedra casi inaccesible del que, como en el incipiente teatro o la iglesia, no dejaban de entrar y salir obreros durante todo el día. La Laboral estaba inacabada y, entre andamios y ladrillos, aquellas primeras promociones compartieron los estudios con los Jesuitas, que trataban de evitar a los pequeños los peligros de convivir de forma permanente en un estado de obras.
Con todo, esa fue la mejor parte. Tres años después de que entrara la primera promoción, ya en 1958, las universidades laborales -tanto la de Gijón como las de Sevilla, Tarragona, Córdoba y Zamora- perdieron el apoyo del Estado y a ellas dejaron de llegar fondos.
Muchas partes quedaron inacabadas y abandonadas, entre ellas la monumental torre. Su exterior estaba rematado, pero el interior nunca llegó a completarse. Sólo el buen hacer y la imaginación de los Jesuitas lograron adecentarla y ponerla en uso, ascensor incluido. La reciente rehabilitación de esta zona emblemática del conjunto monumental ha refrescado la memoria de aquellos antiguos alumnos, los mismos que, a finales de los años 50, subían hasta la planta 14 de forma clandestina y arriesgándose a un severo castigo de los sacerdotes, cuando no a la retirada de la imprescindible beca. La tentación de acercarse al cielo era demasiado grande. La aventura valía la pena.
Cristales irrompibles
Alejandro de Lera, presidente de la Asociación de Antiguos Alumnos de la Laboral, y Antonio González recuerdan sus sensaciones de aquellos tiempos, las anécdotas de una época de su vida ligada a la Laboral que nunca podrán olvidar. El primero estrenó las aulas en 1955 y allí estuvo hasta 1962. El segundo entró en 1956 y cerró su periodo en el centro en 1964. Fueron los años en los que la Laboral, y también la torre, sufrieron muchos cambios y vicisitudes. «Jugábamos al fútbol en el patio central -recuerdan- y nos llamaba mucho la atención que los cristales de la fachada nunca rompían, a pesar de que llevaban un montón de balonazos. Algún susto nos llevamos, pero nunca pasó a mayores». Era su centro natural de divertimento, al igual que los jardines históricos, que ya estaban acabados.
¿Y la torre? En 1955, su estructura exterior estaba acabada, pero los obreros seguían trabajando en el interior. Eso, recuerda Alejandro de Lera, 'facilitaba' poder hacer algunas excursiones clandestinas hasta la planta 12, donde estaban los huecos de los futuros relojes, aún sin colocar. Se llegaba por las escaleras 'construidas' con ladrillos de obra que facilitaban el acceso a los obreros. «Hasta la planta 14 -recuerdan- la subida ya era un poco más complicada, a través de una escalera bastante vertical. De ahí nunca pasamos, hasta que se instaló el ascensor. Además, estaba prohibido, y si los curas veían una cabeza en el mirador se nos caía el pelo. Muchas veces subíamos para mirar el paisaje desde los huecos del ascensor».
Dos pesetas por subir
En todo caso, la posibilidad de aventura duró poco porque, a finales de los años 50, cuando dejaron de llegar fondos, se tapiaron la entrada y todos los posibles accesos a la torre, que pasó a ser un lugar inaccesible. «De todas formas -asegura Antonio González- recuerdo que nos gustaba más entrar por los tejados de la zona inacabada, donde ahora se va a instalar la Thyssen, o por los pasadizos subterráneos que se encuentran ahora bajo el Centro de Arte Dramático. ¿Fumar? No hacía falta subir a la torre. Llegó un momento en que, con 16 años y con permiso de los padres, los alumnos podían hacerlo en una sala de fumadores, pero nos gustaba bastante más entrar en la cripta de la iglesia, que estaba casi tapiada y donde no se nos permitía entrar, pero ya nos buscábamos nosotros la forma. Era bastante más emocionante».
Iniciados los años sesenta se puso en marcha el ascensor y eran muchos los padres de alumnos que aprovechaban las visitas de los fines de semana para subir a ver el paisaje. A ellos, por lo menos, no se les cobraba. Al resto les esperaba siempre un alumno a pie de torre para cobrar la tarifa de 2 pesetas por persona, dinero que, se supone, iba a la arcas de los jesuitas. De todas formas, las visitas no eran precisamente masivas. Hasta 1978, año en que se fueron los curas, el ascensor funcionó, averías aparte, con normalidad. Pero en esa fecha se cerró y así estuvo 25 años, hasta 2003, cuando reinició su actividad con la actual y moderna maquinaria.
Pasó más de medio siglo, pero el atractivo de la visita sigue siendo el mismo. Eso sí, la torre ya está acabada, incluso en su interior, aunque esa parte no sea visitable. Su imagen externa sigue siendo el emblema de la Laboral.