Miércoles, 11 de julio de 2007
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INTERNACIONAL

ANÁLISIS
El infierno
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No hagáis mártires. Es una prueba patente de que «a un gobierno injusto le perjudica más el mártir que el rebelde» (Massimo D'Azeglio s.XVI). Confesaba el sha de Persia, Mohamed Reza Palhevi, a Oriana Fallaci, en una de sus famosas entrevistas que «para hacer las cosas se necesita el poder y para mantener el poder no es necesario el permiso o el consejo de nadie». Ahora ya sabemos lo que sucedió con el sha y en qué quedó el boato de su monarquía en Irán. La revolución islámica al frente del imán Jomeini instauró un régimen radical y los valores (¿?) de aquel sistema insensato, dictatorial y dilapidador se invirtieron en veinticuatro horas, se implantó la sharia (ley islámica), mientras el omnímodo monarca huía cobardemente, presa del pánico perseguido por la marea blanca de su pueblo.

Musharraf es otro dictador con uniforme que (también) con el apoyo de Estados Unidos se cree invulnerable. El asalto a la Mezquita Roja así lo acredita. Sin embargo, su decisión contiene elementos de riesgo. Dentro del estilo incontinente de Washington, al atravesar la línea roja, contribuye a la desprotección de Occidente, cuando no a su suicidio. Musharraf ha interpretado frente a Afganistán el papel de mamporrero y vigilante de la playa que durante años protagonizó Bin Laden. Estábamos entonces en la cruzada contra el imperio soviético y el actual enemigo 'número uno' de Estados Unidos ayudó a expulsar los tanques rusos del país de los talibanes. Éste de la toma de la Mezquita Roja, puede ser muy bien el último desastre que heredamos de la era Bush. El sacrificio del último aliado en Oriente y la invitación cruenta y definitiva a que el islamismo radical tome el poder.

Musharraf no ha hecho menos que lo que hizo Putin en Beslán, donde fueron masacrados cientos de niños en nombre de la libertad religiosa, ni menos que lo que está a punto de hacer la Administración americana en Irak: retirarse para que se maten en guerra fratricida los que han quedado vivos tras la invasión. La prepotencia de la primera potencia mundial en la gestión de los intereses de Occidente, en últimos años, constituye una hipoteca imposible de levantar en una generación y que dejará secuelas en las venideras. Con su violencia y la de sus aliados frente al avance del islamismo en Argelia, Marruecos, Egipto, Afganistán, Palestina Irak y ahora Pakistán levanta un muro ante una parte del mundo, que representa casi la mitad de la población del planeta y alimenta el monstruo del fanatismo que nos llega a la puerta de nuestra casa en forma de señor vestido de explosivos, dispuesto a inmolarse para acreditar el sufrimiento de sus hermanos de raza y religión. Se hunde el imperio Bush y con este nuevo golpe al integrismo paquistaní propinamos otra patada en nuestro culo. Como si los problemas de ahora no fuesen suficientes y nos afanásemos en tirar abajo las puertas del infierno a empujones para entrar en él.

 
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