Decenas en la puerta, cientos en los jardines, donde muchos ha hecho guardia desde que empezara el asedio de la mezquita donde estudiaban sus familiares. Hay padres, hijos, primos todos repasan la lista de defunciones y de heridos cada poco rato, y se echan a la carretera cada vez que oyen llegar a una ambulancia con la sirena a tope. El Pakistan Institute of Medical Sciencies Hospital se encuentra a poca distancia de la Mezquita Roja y, cuando cae el atardecer y cesa el intenso tráfico, se podían escuchar las explosiones.
Los heridos y muertos fueron trasladados a tres hospitales de la capital, que aún permanecen perfectamente custodiados por la Policía y el Ejército. Las entradas al departamento de Urgencias de cada centro se convirtieron en muestra de lo que ocurría. Camillas y médicos esperaron en guardia a la llegada del rosario de ambulancias.
«Vengo de Dargai, cerca de Peshawar. Tengo a dos familiares dentro de la mezquita y no se nada de ellos desde la pasada semana. Matan a los nuestros y encima no nos lo quieren decir. Sólo les pedimos que nos entreguen los cuerpos para enterrarlos cuanto antes». Ahmed, como el resto de familiares, llevaba horas a las puertas del hospital, pero no sabía nada de los suyos. Sus nombres no aparecían en las listas y temía que se encontraran todavía en el interior del templo.
Cada mañana desde hace siete días los centros sanitarios colgaban ayer en una pizarra una relación de los heridos y muertos. Si llegan nuevos casos, se añadían con un rotulador. Los que esperan son todos hombres, de aspecto humilde y que entre ellos hablan pashtu, no urdu, el dialecto de la gente de la capital. Llegan del norte, de las zonas tribales, de los alrededores de Peshawar. Una zona muy tradicional donde las escuelas islámicas han adquirido en los últimos años un peso definitivo. «No espero nada. Nosotros somos shahid (mártires) y sabemos que es mejor morir por Alá que apartarnos de él», opina Arbab, quien, sin embargo, acaba de ver el nombre de su primo en una lista de heridos y ha empezado a gritar «Alahu Akbar» (Alá es grande) y a abrazarse a los que le rodean.
«Somos gente de paz, sólo queremos convertirnos en buenos musulmanes. Por eso nos matan», denuncia otro familiar. Las familias esperan con la resignación de quienes están acostumbrados a ver a la muerte de frente cada día.